Al LECTOR
El autor del presente libro pertenece a la generación intermedia de los ajedrecistas soviéticos que iniciaron su carrera a principios de los años 30 en las organizaciones deportivas y las “Casas de los pioneros”. Nuestros primeros profesores fueron los conocidos maestros moscovitas N.N. Rumin, M.M. Yudovich, I.A. Kan, S.B. Belavenez, M.B. Blumenfield y otros maestros de la generación anterior. Nuestros tutores intentaban, ante todo, descubrirnos los valores estéticos del arte del ajedrez, nos demostraban continuamente al arte inmarchitable de los clásicos A.A. Alekhine y J.R. Capablanca. El aspecto de competición deportiva nos interesaba sólo en segundo plano.
En múltiples ocasiones una cosa atrajo mi atención: a veces estaba satisfecho con mi juego, pero un vistazo a la tabla de clasificaciones me ponía de mal humor. Este defecto perduró a lo largo de mi vida.
Pero esta circunstancia no constituye en realidad una gran preocupación par mí. Durante el juego, jamás me obstino en ganar a ultranza. Por el contrario, procuro conseguir una continuidad y justificar mis cálculos. Una partida realizada consecuentemente y coronada con una original combinación, es mi ideal ajedrecístico.
En el aspecto formal siempre he estado bajo la influencia de dos grandes maestros del ajedrez: A.A. Alekhine y M.M. Botwinnik. Alguna maravilla estratégicas de Botwinnik las considero como ejemplos aún no superados del arte del ajedrez. También me atrae, pero en menor escala el estilo de Lasker.
Recientemente han surgido una serie de brillantes maestros, que en un sentido “deportivo” posiblemente han adelantado ya a nuestra “vieja guardia”. Pero es característico en la actitud de los jóvenes ajedrecistas considerar fundamentalmente el juego de ajedrez como un deporte.
Dicen que los momentos psicológicos tienen en la práctica, durante la lucha, gran importancia. Según este criterio es posible, por ejemplo, realizar una mala jugada previendo una “falta de tiempo” del contrario o llevar a cabo una falsa pero inesperada maniobra con objeto de despistar al oponente. Cada vez se dan con más frecuencia los empates efectuados rápidamente con el fin de satisfacer una serie de exigencias puramente deportivas.
Una orientación perfectamente deportiva del juego perjudica, en mi opinión, la riqueza del arte ajedrecístico. Semejantes partidas no reportan satisfacción al ser reproducidas y no pueden servir de adecuado material didáctico para los principiantes.
La idea de hacer una recopilación de las partidas que ofrezco hoy al interés del lector, me fue sugerida por el maestro D. Bronstein.
En este libro están contenidas mis mejores partidas del período 1936-1960. Como excepción han sido igualmente incluidas aquí algunas partidas de “matiz psicológico” que tuvieron en su día un enfoque erróneo en las publicaciones especializadas. Las aperturas son estudiadas superficialmente debido a que la valoración de las distintas variantes técnicas cambia continuamente.
V. SIMAGIN