Herencia ajedrecística de Alekhine

PRÓLOGO

Hace unos veinticinco años conseguí reunir más de medio millar de partidas de Alejandro Alekhine, gracias a la cooperación que me prestaron los aficionados al ajedrez y los admiradores, en todo el mundo, del talento artístico de este genial ajedrecista. Todavía me resulta agradable recordar las interminables horas que invertí en el análisis de estas partidas. Consecuencia lógica fue la publicación de los dos tomos, titulados «El legado ajedrecista de Alekhine», que contienen las mejores.

Aquí me he propuesto un nuevo objetivo: escoger, entre estas partidas ya seleccionadas, unas decenas de ellas a fin de poder ofrecer al lector los principales rasgos del arte alekhiniano. O sea, no sólo del perfil humano de nuestro biografiado, sino también de sus cualidades personales y de su criterio artístico: no podían quedárseme en el tintero los hechos relativos a su azarosa vida, por cuanto están enlazados esencialmente con el ajedrez; además, actualmente se conocen documentos y hechos inéditos.

¿De qué forma comentar las sesenta y cinco partidas insertas en este libro? (1) Pues Alekhine ya comentó detalladamente la mayor parte de ellas. Tras una prolongada meditación sobre este particular, elegí un método que consideré muy útil y provechoso para el lector; uno que contestase a las siguientes preguntas:

¿Hasta qué punto son todavía instructivas las partidas de Alejandro Alekhine, jugadas hace casi medio siglo? ¿Qué es vigente en ellas, y qué ha dejado de serlo? ¿En qué medida tienen valor sus ideas estratégicas en una época en que la técnica ajedrecista se ha desarrollado altamente y se ha profundizado en las variantes de apertura, complejas en extremo?

En esto consiste precisamente el método que he elegido para investigar sus inigualables combinaciones y sus profundos planes estratégicos. También acentuaremos su maestría en los finales, donde a una exactitud matemática junta una imaginación inagotable.

Al analizar las partidas, el lector se preguntará involuntariamente qué papel ha representado Alekhine en el arte del ajedrez y qué puesto le corresponde entre los mejores maestros. Hoy día está en boga pedir a los maestros de todo el mundo su opinión sobre el ajedrecista mejor en la historia del ajedrez. Hay disparidad de criterios. Algunos cuentan a Alekhine en el número de los cinco o diez mejores de todas las épocas.

¿En qué consiste la celebridad de un gran maestro? A mi juicio en la huella que ha dejado en la historia del ajedrez, o sea en el aventajamiento a los demás en los siguientes puntos:

l) Los logros deportivos: resultados obtenidos en torneos y competiciones individuales. Aquí se deben considerar las circunstancias en que ocupó el trono ajedrecista y los resultados que obtuvo durante su «reinado».
2) Los logros artísticos: calidad de las partidas jugadas, maestría combinatoria y profundidad de las ideas estratégicas.
3) La aportación a la teoría de las aperturas. La historia del ajedrez ofrece nombres de maestros que, aunque nunca ciñieron la corona, idearon muchos sistemas de apertura; sistemas que han sobrevivido a sus propios autores. Ejemplificamos lo dicho con el nombre de Nimzovitch, Reti, Grünfeld y Rauzer, entre otros.
4) El modo de tratar filosóficamente el ajedrez, la habilidad en descubrir sus profundas y ocultas regularidades y en conocer bien la psicología de la lucha. Ser pensador es lo que se le exige también a todo aquel que pretenda sobresalir.

Si se observa a nuestro biografiado según los puntos arriba citados, no será difícil convencerse de que superó por lo general a sus contrincantes más competentes. Sus éxitos deportivos superan con creces a los obtenidos por todos los campeónes del mundo, a excepción, quizá, de Emmanuel Lasker. Igualmente supera a todos en el aspecto artístico. Centenares de partidas suyas son objeto de estudio por los ajedrecistas de la generación presente y lo serán por los de las venideras, pues sus combinaciones, sus planes de juego y su elevada técnica en los finales causan admiración. Es igualmente valiosa su aportación a la psicología de la lucha y son notorios sus consejos e indicaciones. Esta obra ofrece, además, sus interesantes juicios emitidos en diversos artículos periodísticos.

Durante la Olimpíada celebrada en Moscú en 1956, el autor de estas líneas se dirigió a muchos grandes maestros y a teóricos destacados y les pidió que expresasen su opinión acerca de Alejandro Alekhine; entusiasmados por la fisonomía artística de éste, muchos comentaron a la vez sus cualidades humanas. La falta de espacio impide ofrecer al lector todo lo dicho por aquéllos; sólo hemos insertado los fragmentos que reflejan la vida, el carácter, la fuerza de voluntad, la tenacidad y la perseverancia del hombre que, en vida, se llamó genio de la combinación ajedrecista.

(1) Esta biografia esta sacada de Alekhine, A.Kotov, Ed. Martinez Roca 1972

1. EN EL HOGAR PATERNO

Un entusiasmo incontenible

Todo gran maestro ha llegado por diversos caminos al mundo del ajedrez.

Unos tuvieron éxitos ruidosos ya en su tierna infancia, y se les ha distinguido con el epíteto de niños prodigio. El pequeño José Raúl Capablanca ganaba a su padre y a los amigos de éste cuando contaba sólo cuatro años, y al cabo de unos pocos más llegó a ser un ajedrecista bastante bueno.

Los progresos de Samuel Reshevsky en este aspecto son todavía más sorprendentes: a los ocho años hizo giras artísticas por Europa y América, participando en sesiones de simultáneas y ganando a los mayores.

El extremo opuesto lo constituyen los que empezaron tarde. Por ejemplo: Miguel Chigorin comenzó a los veinte años de edad, y el gran maestro austríaco Rodolfo Spielmann aún más tarde. Sin embargo, esto no les impidió recorrer en poco tiempo las «etapas» necesarias para conocer totalmente la relación interna entre las piezas y las leyes de la armonía, que viene a ser algo connatural a quienes han conocido el ajedrez desde pequeños.

Alejandro Alekhine se cuenta en el número de los que comenzaron normalmente; aunque no fue un niño prodigio, se dedicó bastante pronto al ajedrez. En su persona, el desarrollo de su juego corrió parejo con el del adolescente. Recibió una sólida instrucción que lo convirtió en persona erudita; sin embargo, el ajedrez le cautivó la atención desde la tierna infancia hasta los últimos momentos de su vida; por esta razón, le dedicó todo su tiempo libre y todo su fogoso temperamento.

Aquí es oportuno señalar que así es como han aparecido la generalidad de los mejores jugadores del mundo del ajedrez. Emmanuel Lasker, Miguel Botvinnik, Max Euwe, Basilio Smyslov, Tigran Petrosian, Miguel Tal y Robert Fischer, se formaron en los comienzos de su adolescencia o en el transcurso de la misma.

Alekhine procede de noble cuna, si bien no puede decirse que tuviese una infancia feliz. Su padre, representante de la nobleza de provincia, solía tratar con excesivo regalo y condescendencia a su familia, y su madre Inés Projorova, hija de comerciantes y dueña de las acciones de la fábrica de tejidos de Krasnipresn, también hacía su vida particular A muchos les sorprende que el hijo de una familia potentado se dedicase al ajedrez, que no gozaba de gran predicamento entre la gente de negocios de aquel tiempo. Esto debe atribuirse a muchas circunstancias, y principalmente a la familiar que forzó al muchacho a recogerse en sí mismo y en el mundo de las verdades abstractas.

Alejandro Alekhine nació el 1 de noviembre de 1892 en Moscú. En aquel entonces, el ajedrez se movía con paso firme por el mundo. Aficionada a este juego antiguo, Europa ya había celebrado su primer torneo internacional y se dedicaba a organizar con bastante seriedad contiendas ajedrecistas de todo tipo; se celebraban muchos torneos a base de aperturas de gambito en los centros ajedrecistas de las capitales y ciudades de provincia de muchos países, tenían lugar competiciones entre ciudades importantes y, consiguientemente, se proclamaron los primeros campeónes locales. Finalmente, el notable maestro Guillermo Steinitz es proclamado campeón del mundo en el año 1886, lo cual contribuye a que se acreciente el interés por las competiciones.

El ajedrez tiene aceptación y aplauso en la lejana América. La espectacular carrera de Pablo Morphy, cuyo juego cautivó y conquistó el continente americano y el europeo, alimentó el patriotismo de los habitantes del Nuevo Mundo quienes gastaron de buena gana sus dólares en diversos torneos. La capital de la isla de Cuba fue el lugar de varias contiendas apasionadas que trajeron hacia sí la atención de gran número de aficionados de muchos países.

Las páginas de los periódicos publicaban constantemente comentarios sobre los encuentros entre Guillermo Steinítz, envejecido héroe del ajedrez, y Emmanuel Lasker, representante de la generación joven. Enrique Nelson Pillsbury, ajedrecista dotado de una capacidad poco frecuente, cruzó como un meteoro el horizonte del ajedrez; pero se desgastó pronto y murió muy joven.

Contaba Alejandro nueve años cuando presenció una sesión de simultáneas en la que Pillsbury participó a la ciega frente a veintidós tableros en el Círculo de Ajedrez de Moscú. Este espectáculo dejó una seria e indeleble huella en su memoria. Sin duda, también siguió con interés las actuaciones de Miguel Chigorin, de cuyas manos tomaría más tarde y por imperativos del destino la bandera de la escuela nacional de ajedrez.

Otra de las circunstancias que influirían en su desarrollo fueron las frecuentes visitas que le hicieron los conocidos ajedrecistas B. Nenarokov, B. Blumenfeld, Duz-Chotimirsky y otros.

Transcurridas unas décadas, Teodoro Ivanovich Duz-Chotimirsky me contó en cierta ocasión que a "es del siglo pasado y principios del actual dio al joven Alekhine lecciones particulares, por las que le pagaban quince rubios. Con el humor que siempre le ha distinguido, Teodoro Ivanovich agregó que sus lecciones posiblemente se reflejaron en los defectos que tuvo posteriormente Alekhine en el juego.

Pero el que más contribuyó al desarrollo de las dotes ajedrecistas del futuro campeón fue su hermano mayor Alejo, jugador de primera categoría. Como suele suceder entre hermanos, Alejo vencía al principio a Alejandro; pero después éste le superó ganándole con facilidad.

Según la costumbre de entonces, a los muchachos no se les permitía frecuentar los círculos ajedrecistas; por ello, los hermanos Alekhine manifestaron su afición al ajedrez y su entrega al mismo en las partidas por correspondencia que jugaron entre los años 1902 y 1904; esta suerte de enfrentamientos con jugadores muy fuertes fue uno de los factores más importantes en su perfeccionamiento ajedrecístico.

En la quinta década se hallaron dos cuadernos de los hermanos Alekhine, que contienen anotaciones de partidas, comentarios y análisis. Sus ideas acerca del ajedrez son todavía muy simples e ingenuas, y sus partidas carecen de profundidad y precisión; pero en los breves comentarios de Alejandro se nota un gran amor al ajedrez que contribuyó lógicamente al ulterior desarrollo de sus enormes dotes naturales.

Hemos de reconocer el mérito de aquellos desconocidos e inadvertidos aficionados que día tras día se sientan al tablero y tratan de hallar la mejor jugada con que responder a su adversario, que, por lo común, se encuentra a miles de kilómetros en otro país o continente. Las partidas por correspondencia representaron un papel importante en la evolución artística de Alejandro Alekhine. Aquí es oportuno señalar que las partidas jugadas así sirvieron de piedra pómez para pulimentar el vario talento ajedrecista de muchos jugadores, el de Pablo Keres, para citar un ejemplo.

A fin de comprender la vida de nuestro biografiado, rica en acontecimientos y trágica en muchos casos, tenemos que detenernos en otra circunstancia importante: en varios libros sobre su vida, publicados en el extranjero, se repiten noticias sacadas de no se sabe qué lugar, según las cuales su padre perdió un millón de rubios en el Casino de Montecarlo antes de la Gran Guerra y estuvo posteriormente sujeto a fideicomiso. También se dice que su madre falleció con las facultades mentales perturbadas por el hábito patológico de tomar bebidas alcohólicas, el año 1913 en Basilea.

Francamente, he llevado diez años reuniendo materiales referentes a la vida y al arte creador de nuestro biografiado y no he hallado ningún hecho que confirmase tales noticias. Es posible que sean el producto de la imaginación de algunos autores; producto que suele manifestarse en casos así.

Pero hay un hecho cierto: los Alekhine heredaron de sus padres el hábito de tomar bebidas alcohólicas, y no tuvieron fuerza devoluntad para librarse de él.

Volviendo sobre su infancia, puede decirse que sus padres no se cuidaron debidamente ni de él ni de su hermano; fueron la mayor parte del tiempo atendidos por su abuela. Esto podría ser una de las causas que indujeron al pequeño Alejandro a dedicarse con entusiasmo incontenible a los hechos abstractos, a los análisis prolongados, es decir, al variado mundo que los secretos del ajedrez ofrecen a todo aquel que se entrega en cuerpo y alma a ellos.

Se tienen muy pocas noticias de este período de su vida; algunas referentes a un ajedrez que le regaló su abuela, a unos apuntes tomados al desgaire y anotados en las páginas de cuadernos extensos, y que se dedicaba totalmente al ajedrez. Sus mayores no podían separarlo del tablero, ni obligarle a que se acostase; lo escondía debajo de la almohada y analizaba de noche posiciones, alumbrándose con un candil.

«Eduqué mi carácter»

Alekhine dice: «Practico este juego desde los siete años; pero no me dediqué seriamente a él hasta los doce».

Sin embargo, no vemos que su nombre figure en los torneos celebrados en el Círculo Ajedrecista de Moscú en 1905. Pero, en 1907, su talento ajedrecista ha madurado tanto que le permite enfrentarse con jugadores muy fuertes.

En uno de sus cuadernos, conservado hasta nuestros días, hay anotadas diecisiete partidas que jugó durante el llamado «torneo de primavera», organizado por la Sociedad Moscovita de Aficionados al Ajedrez. Los comentarios acerca de estas partidas tienen un matiz ingenuo, lo cual debe atribuirse a que el futuro gigante ajedrecista no hizo más que probar sus fuerzas.

En aquellos años, su juego aún no tenía la eficacia necesaria para alzarse con la victoria en los torneos importantes, pues en el que nos ocupa se situó en uno de los últimos puestos de la tabla de la clasificación. Tras esto, sería injusto afirmar que le bastó su talento natural para alcanzar sus posteriores éxitos en las competiciones, no; fue necesario un intenso trabajo, un análisis asiduo y una autocrítica severa para que este talentoso adolescente llegase a ser el gigante que ha pasado a la historia del ajedrez como el inigualable genio de la combinatoria.

La capacidad y disposición para descubrir los contras en el juego propio, criticarlos severamente y extirparlos de raíz, la capacidad y disposición para depurar escrupulosamente la técnica ajedrecista fue el procedimiento que siguió en su largo camino de principiante a gran maestro; este procedimiento supuso un enorme esfuerzo y una entrega absoluta a este arte.

Acerca de ello dice: «Por un lado la búsqueda de la verdad y por otro la tendencia a la lucha hicieron de mí un maestro. De niño ya advertí que tenía capacidad para este juego y que me entusiasmaba inconteniblemente. Eduqué mi carácter en el ajedrez, que, como toda actividad humana, enseña a ser objetivo y contribuye a adquirir maestría si uno reconoce sus defectos y errores».

Un poco más adelante analizaremos su primera partida jugada en un torneo. En ella, no veremos al Alekhine habitual, pues sus partidas, realizadas cuando tenía quince años, no tienen la solidez en el planteamiento y solución de los problemas estratégicos que tuvieron posteriormente y manifiestan una evidente tendencia a solucionar con métodos tácticos los problemas que plantea la posición.

Ya en sus primeros pasos se observa que trabajó incansablemente en el dominio del ajedrez y progresó constantemente. Clara manifestación de esto son los resultados de su participación en los torneos: si en el «torneo de otoño» del Círculo Moscovita de Aficionados al Ajedrez, celebrado en el año 1907, se clasificó en uno de los últimos puestos, en el celebrado al año siguiente se situó en el primer puesto. Y en el intervalo entre los dos torneos en cuestión tomó parte en el de Düsseldorf, acontecido en el año 1908, y compartió con otro participante los puestos cuarto y quinto, lo cual fue un resultado satisfactorio para nuestro biografiado.

A los quince años arde en deseos de participar en cualquier contienda ajedrecista. Tras el torneo de Düsseldorf, juega una serie de competiciones individuales en la patria y fuera de ella. Sorprende a propios y a extraños al vencer por 4,5 al maestro Bardeleben; también sale airoso en la competición individual con Fahrni, que constó de tres partidas y su resultado fue de 1,5. - 1,5.. En la víspera del decimosexto año de su vida venció al conocido maestro Blumenfeld por 4,5 a 0,5.. Esto anunciaba la llegada de un talento al mundo ajedrecista, destinado a ensalzar la escuela nacional de ajedrez.

En uno de sus comentarios sobre los ajedrecistas moscovitas de aquella época, el comentarista R. Falk dice: «El menor de los hermanos Alekhine tiene una capacidad extraordinaria, a pesar de tener sólo dieciséis años».

Hemos hablado de sucesión, es decir, de que él tomó de las manos de Miguel Ivanovich Chigorin la bandera de la escuela rusa de ajedrez. A este respecto quisiéramos reproducir un fragmento de las memorias que el meritorio maestro Pedro Arsienevich Romanovski publicó con motivo de la olimpíada, celebrada en Moscú el año 1956. Como se sabe, Romanovski estuvo con Alekhine en Alemania en 1914; los dos participaban en el torneo de Mannheim cuando estalló la Gran Guerra y fueron internados. Acerca de ello dice: «En cierta ocasión hablamos de los maestros del pasado, de Pillsbury, de Zukertort y de Chigorin, y lo que ha perdurado en mi memoria fue la conversación que sostuvimos acerca de éste. Alekhine dijo: "Parece hallarse fuera de la serie de los maestros del pasado; ha sido una gran figura, y su enorme talento posiblemente le sitúe entre los genios, pues la profundidad de sus ideas es a veces inescrutable para el simple mortal. No sé si alcanzaré el nivel del pensamiento de Chigorin; como quiera que sea, procuraré organizar mi vida de otra manera, o sea, no permitiré que perturbaciones externas influyan en la clase de mi juego, lo cual le sucedió constantemente a Chigorin". Y Alekhine cumplió lo dicho, en bien del arte ajedrecista.

Su éxito en el torneo moscovita de 1908 le permitió participar en el torneo nacional de aficionados que se celebró al año siguiente. Y esta competición fue la etapa en que se cumpliría la esperanza de llegar a ser un maestro extraordinario, uno de los ajedrecistas más competentes de Rusia.

Al torneo nacional de aficionados, que tuvo lugar en San Petersburgo el año 1909, concurrió lo más selecto de la afición; por eso, la victoria del joven Alekhine, que a la sazón contaba dieciséis años, impresionó a todos. Si con anterioridad se había hablado de su talento y de su futuro prometedor, este futuro se convertía en presente. Desde mucho tiempo atrás los mejores ajedrecistas rusos esperaban que un compatriota fuese campeón del mundo y se lamentaban que Chigorin no lo consiguiese al enfrentarse con Steinitz; después, cifraron las esperanzas en Rubinstein y, ahora, muchos las cifraban en el joven Alekhine.

En el torneo de San Petersburgo, nuestro biografiado jugó dieciséis partidas; ganó doce, y entabló dos. Esto pone de manifiesto que era superior a los demás participantes. Asimismo es importante la calidad de sus partidas, aun cuando presenten muchos defectos. Pero lo principal es que su victoria anunciaba la aparición de un nuevo astro en el mundo del ajedrez, con un carácter, una tenacidad y una fuerza de voluntad inquebrantables.

En 1956, y en su juicio sobre Alekhine, el gran maestro Sabelio Grigorievich Tartakower dice: «Conocí a Alejandro Alejandrovich en el torneo de San Petersburgo del año 1909. Como participante y vencedor en la competición nacional rusa, entonces ya manifestó aquella voluntad de ganar, aquella orientación hacia un objetivo concreto, que caracterizó su vida entera y que no se debe confundir con la vulgar ambición».

El ajedrez fue el principal componente en la vida de Alekhine, si bien cumplió perfectamente en todo cuanto estaba obligado a cumplir un adolescente y, luego, un hombre de su clase social. Estudió en el gimnasio privado de Polivanov; hacía cumplidamente sus tareas escolares y sacaba buenas notas aunque, al decir de Jorge Alekseievich Korsakov compañero de pupitre de él, la mayoría de las veces sólo estaba «presente» en las clase, entretenido en dibujar diagramas y piezas de ajedrez en sus libretas. Korsakov comenta: «Recuerdo que el profesor nos puso un problema de álgebra. Alekhine se incorporó de repente, pasó la mirada de sus ojos sonrientes por la clase y se retorció con la siniestra el flequillo que le caía sobre la frente, como lo solía hacer. El profesor Bachinski le preguntó: "¿Lo ha solucionado?" A lo que Alekhine contestó: "¡En efecto. ! ¡Entrego el caballo, el alfil se sitúa en... y las blancas ganan!" La clase se descoyuntaba de risa, y al discreto y correcto Bachinski se le movieron las guías de sus largos bigotes ... ».

Al terminar el gimnasio, ingresó en la Facultad de Derecho. Korsakov cuenta que allí se encontró con él y con otros compañeros del gimnasio, y dice: «Entonces oí cómo los estudiantes de derecho se reían de la sorprendente "distracción" de Alekhine, de su espíritu "civil", de su falta de bizarría y buen aire en lucir el uniforme estudiantil y, particularmente, de no beber vino ni otros licores, lo cual se consideraba reprobable en extremo, según el código no escrito referente al honor de los estudiantes de derecho».

¿Que no bebía vino ni otros licores? ¡Lástima que el joven Alekhine no conservara toda su vida este «defecto» social!

Gran maestro a los veintiún años

La obtención del nombramiento de maestro en ajedrez le da derecho a participar en muchas competiciones internacionales, y en el transcurso de los años siguientes toma parte en varios torneos: en el de Hamburgo, en 1910; en el de Carlsbad, en 1911, y en el de Estocolmo, en 1912. Contrariamente al de Capablanca, su camino ajedrecista no fue, a) principio, liso y llano. En el torneo de Estocolmo conquistó el primer puesto en la tabla de clasificación; pero en los dos restantes tuvo que conformarse detrás del décimo puesto.

Se esforzó en ir eliminando los defectos de su juego, en ir perfeccionándolo constantemente. Pues aunque estaba dotado de un talento poco frecuente, era necesario pulirlo y desarrollarlo. Esto justifica el enorme trabajo que realizó de joven y que lo llevaría a la fama.

En el citado juicio sobre Alekhine, Tartakower prosigue diciendo: «¿En qué consiste el progreso de Alekhine? ¿Qué factores psicológicos y de otro tipo contribuyeron a la aparatosa evolución de su talento artístico?

l) Ante todo, la afición incondicional al ajedrez, que consideré como un verdadero arte.
2) Un intelecto muy desarrollado y una sólida instrucción.
3) Una inagotable fuente de ideas.
4) Un constante trabajo en su perfeccionamiento; pero no por recopilación de variantes, como hicieron Grünfeld o el doctor Euwe, sino por replanteamiento artístico de esquemas, planes de juego y combinaciones.
5) El lema: plantear problemas al contrincante en casi cada movimiento.
6) La serenidad, así en los reveses como en los éxitos, y la consideración de que cada logro era una etapa del camino a recorrer que lo conducía a la siguiente etapa superior a la precedente. Pues Alekhine dividió toda su carrera ajedrecista en etapas.

«Estos nobles elementos formaron aquella serie de partidas, brillantes y profundas, que nos producen gran satisfacción estética».

El año 1909 constituye la primera etapa de su vida ajedrecista; la segunda y más importante debe situarse en 1914. Su participación en el torneo internacional, en que tomaron parte jugadores de nota, atrajo hacia sí la atención de la generalidad. En aquel entonces se luchaba tenazmente por el derecho a enfrentarse con Emmanuel Lasker, campeón del mundo. Los participantes favoritos fueron Capablanca y Rubinstein, porque se supuso que los dos lucharían con tenacidad por el derecho a disputarle el título a Lasker.

Pero el joven maestro ruso se situó inesperadamente en uno de los puestos que le permitieron pasar a la siguiente fase. El torneo se constituyó de una forma original: primero jugaron once participantes; después, los cinco mejor clasificados pasaron a la final, en que jugaron dos partidas cada uno. Se sumaron los puntos reunidos en las dos fases. En la primera, Alekhine ganó tres partidas, perdió una y se clasificó en el cuarto puesto; en la segunda, obtuvo el cincuenta por ciento de puntos, adelantó a los destacados ajedrecistas Marshall, Rubinstein y Tarrasch y ocupó el tercer puesto detrás de Lasker y Capablanca. Esta conquista le valió el nombramiento de gran maestro y lo situó en la lista de los mejores ajedrecistas internacionales.

En aquel año, R. Spielmann escribió: «Alekhine posee una riqueza de ideas sorprendente; de él se pueden esperar grandes éxitos».

El memorialista B. Pischko dice que Alekhine empezó a pensar en la lucha por el título mundial el año 1911.

Acaso no se está en condiciones de soñar en algo a los diecinueve años de edad. Pero lo más probable es que movilizase todas sus fuerzas, se preparase para luchar por la consecución de la corona ajedrecista después de haber participado en el torneo de San Petersburgo.

Lo curioso es que nunca pensó competir con Lasker; se dio cuenta de que Capablanca sería pronto campeón del mundo.

Pedro Arsienevich Romanovski recuerda otra conversación sostenida con Alekhine en el año 1914; éste le dijo que se preparaba para una competición individual con Capablanca, para disputar el título mundial: «"¡Pero el campeón del mundo es Lasker!", exclamó Momanovski, sorprendido. "Pronto lo será Capablanca", respondió Alekhine, convencido». En los años que precedieron al primer conflicto bélico, Capablanca estuvo varias veces en Rusia e hizo amistad con Alekhine; los dos compartieron el ocio y el trabajo. Pero años más tarde se enemistaron de tal suerte, que uno no podía soportar la presencia del otro y abandonaba el local donde se encontraba cuando el otro se presentaba allí.

En 1914, los ajedrecistas rusos celebraron el éxito de Alekhine en el citado torneo; otro paso más, y ceñiría la corona ajedrecista. Toma parte en el torneo de Mannheim y gana una partida tras otra. Un nuevo éxito está a la vuelta de la esquina; pero... el estruendo de las piezas de artillería perturba la vida pacífica de los ciudadanos: ha estallado la Gran Guerra.

Por lo tanto, hemos de dejar temporalmente la actividad ajedrecista de Alekhine y ocuparnos de la humana.

Una persona fuerte con muchas flaquezas

Al comienzo de la conflagración, Alekhine se halla fuera de la patria y es internado; hace todo lo posible por regresar a ella, y lo consigue. Inmediatamente sienta voluntariamente plaza en la sanidad militar y es destinado al frente de batalla.

Una contusión lo retiene en un hospital de sangre de Tarnopol, donde le visita un grupo de ajedrecistas, y juega a ciegas la célebre partida con el ajedrecista Feldt. No vuelve al frente, y los acontecimientos de 1917 le sorprenden en Moscú.

Apenas se tienen noticias de su vida y su conducta durante la revolución. Según unos testigos oculares (esto me lo contó el ajedrecista moscovita A. M. Iglitski), Alekhine se encontraba en Odesa, en 1917, y se disponía a salir para el extranjero. Pero recapacitaría, y lo vemos de nuevo en Moscú, pues hay partidas jugadas con los ajedrecistas moscovitas de aquella época.

En los primeros años de la revolución, Alekhine ejerce activamente su profesión de jurista. No hace mucho, uno de los altos funcionarios de la brigada de investigación criminal de la jefatura superior de policía de Moscú me proporcionó nuevos datos: en los archivos policiales hay una orden, fechada en 1920, en virtud de la cual Alejandro Alekhine es nombrado juez de instrucción con un sueldo de cuatro mil ochocientos rublos. Se tiene información de que él no llevaba a término la instrucción criminal; su misión consistía en investigar detalladamente el lugar y las circunstancias del crimen. En el Museo de Criminología de Moscú se va a destinar un lugar especial para exponer la actividad de Alejandro Alekhine como funcionario del departamento de investigación criminal en el año 1920.

No he logrado aclarar hasta cuándo trabajó en dicho departamento; sólo se sabe que de allí pasó a ocupar el puesto de intérprete en el Komintern y que quiso ser artista de cine, para lo cual se preparó en el estudio de Gardín. Como desde niño conocía el francés y el alemán, trabajó entre extranjeros y conoció a Annaliese Rüegg,(1) destacada periodista suiza y personalidad pública. Contrajo matrimonio con ella y, en 1921, los dos partieron para Berlín por Riga; posteriormente se trasladaron a París. (2) En mi archivo conservo una fotocopia del pasaporte que le fue extendido:

«El Comisariado Nacional de Asuntos Exteriores autoriza al ciudadano Alekhine Alejandro Alejandrovich a viajar a Letona. por el puesto fronterizo de Sobiosh. Lo que certifica y firma Karajan. Subsecretario de Asuntos Exteriores. N.. 01139 - 23/IV/1921.»

Este documento impugna la creencia de que Alekhine salió ilegalmente de la Rusia soviética.

De ese modo, abandonó la patria. Para explicar, no para justificar, este y otros actos conviene tener en cuenta su origen y situación en la vieja Rusia. Procedente de noble cuna y de familia potentada, pues hubiese heredado una importante cantidad de las acciones de las Manufacturas Projorov, Alekhine no aceptó enseguida, como la mayor parte de los de su clase social, la revolución de octubre; pero no decidió abandonar inmediatamente el país porque se sentía patriota. En Rusia se quedaron su hermana Bárbara y su hermano Alejo; en Moscú pasó su infancia... Pero en su interior ardía en deseos de llegar a ser campeón del mundo, de ver realizado el sueño de su adolescencia.

Mas estimó que eso no era posible en Rusia, pues en el periodo de grandes convulsiones sociales nadie se preocupa por el ajedrez; esta circunstancia le indujo a partir para el extranjero.

Quisiera señalar que, al contrario de muchos emigrantes rusos, él no se manifestó contra el poder soviético después de haber abandonado la patria. Es verdad que se le criticó severamente unas declaraciones hechas en su libro «El ajedrez en la Unión Soviética», publicado en Alemania en el año 1923; pero la severidad de tal crítica se debe a la falta de objetividad de los críticos. En dicho libro dice: «En Rusia reina el hambre y el frío, y los burgueses encienden la estafa con piezas de ajedrez; los reyes chisporrotean en el fuego». ¿No fue verdad? Se ha de reconocer que junto con estas líneas leemos una serie de excelentes artículos en que él se admira del entusiasmo con que los ajedrecistas soviéticos divulgan este arte entre las masas.

Por aquellos años sucedió lo que él había previsto: Capablanca vencía a Lasker y le arrebataba el título de campeón. De acuerdo con el «programa de su vida» se acercaba la hora de concertar una competición individual con Capablanca y... Y Alekhine fue en busca de un mecenas.

(1) El 16 de noviembre de 1920, Vladimir Ilich Lenin concedió una entrevista a Annaliese Rüegg. Conf. V. I. Lenin: Obras completas, t. XCII.

(2) Annaliese Rüegg murió en Lausana (Suiza) el 2 de mayo de 1934. Ésta fue la segunda esposa de Alekhine, pues el futuro campeón mundial se había casado por vez, primera en 1920 -para legitimar a su hija Valentina, que habla nacido en 1913 con la baronesa Von Sewergin, viuda de un hacendado muerto en la Primera Guerra Mundial. Con Annaliese tuvo un hijo que aún vive en Zurich. (Pablo Morán.)

Gran maestro, sí, pero ruso

Con frecuencia se afirma que Alekhine hubo de emigrar a Occidente, para ser un gran maestro de renombre capaz de vencer a Capablanca y proclamarse campeón del mundo. Es fácil rebatir estas afirmaciones absurdas.

Creció y se formó como gran maestro entre los mejores ajedrecistas rusos y en Moscú. En su crecimiento y formación colaboraron los maestros Blumenfeld, Duz-Chotimirsky y Nenarokov, a los cuales se unieron posteriormente Lowenfisch y Romanovski. Estos talentosos representantes de la escuela nacional de ajedrez estuvieron muchos años relacionados con él y le enriquecieron con ideas nuevas e interesantes.

Desde luego, en el perfeccionamiento de Alekhine colaboró asimismo la viva competencia entre él y Aaron Nimzovich, notable teórico y práctico; competencia que tuvo lugar en Rusia y en los años que precedieron a la Gran Guerra. Los dos fueron juntos a competir en torneos y competiciones individuales. Esta competencia continuó después de que ambos hubiesen emigrado y fue un importante estímulo para perfeccionarse.

Que Alekhine se clasificase tercero en el torneo de San Petersburgo, celebrado en 1914, denota su clase de gran maestro; en aquel entonces ya era uno de los mejores ajedrecistas internacionales. Otra circunstancia que se debe tener en cuenta es que, en el extranjero, se clasificó el primero en casi todos los torneos en que tomó parte. Quiere esto decir que su capacidad de juego era muy elevada y que fue uno de los principales pretendientes al trono ajedrecista en los años de la posguerra.

Se conocen algunos procedimientos curiosos que empleó en los años difíciles, con objeto de mantener su capacidad deportiva para su futuro encuentro con Capablanca. Ya en 1918, él y sus colegas discurrieron trazas y modos para jugar unos con otros. Dieron con un procedimiento sencillo y original: organizaban torneos sin prolongación determinada y los realizaban por turno en casa de cada participante. Jugaban alumbrándose con teas; unos las sostenían, y otros meditaban. Jugaban hambrientos y movían constantemente los pies debajo de la mesa, tratando inútilmente de calentárselos.

Fe Konstantinovna, viuda del maestro Nicolás Mijailovich Zubariev, me contaba que le cupo el honor, difícil en aquel tiempo, de recibir invitados en casa. Los obsequiaba con tortas de harina, de dudosa calidad, endulzadas con sacarina, y té sin azúcar. La mujer comentó: «Alekhine nos visitaba para jugar al ajedrez y me sorprendía cada vez que se echaba mano al bolsillo y sacaba un caramelo olvidado para tomar el té. Esto era un intento de conservar la capacidad del cerebro, órgano importante para sus futuras luchas ajedrecistas. ¡El cerebro deja de funcionar como tal cuando no tiene azúcar!».

Junto con sus colegas, Alekhine luchó heroicamente en el I Campeónato soviético de 1920 y consiguió una merecida victoria. Fue el único gran maestro que superó a los demás en potencia de juego y soportó pacientemente las dificultades. Lo cual revela el hecho de que su nombre no figure en la lista de los participantes que formularon una petición al comité organizador, exigiendo se les «entregase inmediatamente tabaco y queso». Él no exigió nada de esto; se entregó incondicionalmente a la lucha ajedrecista, con objeto de perfeccionarse.

Sus resultados deportivos, logrados en dicho Campeónato, nos autorizan a sostener que partió de Moscú, siendo ya un gran maestro de nota.

En pos de Chigorin

Los principios doctrinales, preconizados por Alekhine, muestran la continua relación que tuvo con la escuela nacional de ajedrez. A comienzos de la segunda década se combatió implacablemente la doctrina Tarrasch, aferrada a las normas y reglas establecidas. La juventud, al frente de la cual iban Reti y Nimzowitsch se alzó contra la canonización de las regias y normas en uso y propuso unos puntos de vista que se llamaron «Hipermodemismo».

Alekhine poseía una individualidad artística evidente, y desde el comienzo de su carrera ajedrecista tuvo un criterio muy particular sobre las regias de este juego; criterio que adoptó de Chigorin y de otros maestros rusos, quienes no negaban las reglas en cuestión, pero tampoco las aceptaban incondicionalmente. Para ellos la única ley fundamental fue saber valorar una posición concreta y determinar las particularidades inherentes a la misma.

Si en los consejos dados por los teóricos se nota el deseo de ofrecer la panacea universal, Alekhine junto con sus antecesores y, luego, con sus sucesores, los maestros soviéticos, tuvo por principio fundamental resolver de un modo concreto y táctico los problemas que plantea toda posición; principio que ha reconocido y aceptado el mundo del ajedrez.

Esto nos autoriza a afirmar que él heredó y continuó la obra de Chigorin, fundador de la escuela de ajedrez rusa. Como ajedrecista creador dio, en el transcurso de cuatro décadas, excelentes ejemplos de maestría en la táctica y la estrategia al mundo del tablero; creó partidas llenas de ideas audaces, de originalidad y de fantasía. Precisamente estas cualidades lo distinguieron de sus antecesores.

En los años de su proceso de formación siguió el ejemplo inspirador de Chigorin; adoptó sus ideas de maestro y artista, y se mantuvo fiel a ellas en el transcurso de toda su actividad ajedrecista.

Abandonó la patria a los veintinueve años de edad. Aunque su juego tenía defectos, como los tiene el de cualquier ajedrecista, por grande que sea, había alcanzado una alta maestría y era, además, un teórco erudito, un pensador que introdujo ideas nuevas en la concepción del ajedrez. Para comprender mejor al campeón ruso de aquellos años, es necesario analizar sus principios artísticos y puntos de vista de entonces, formulados en los comentarios de partidas y en artículos especiales, y cuyo contenido se refiere a los aspectos 'artísticos y deportivos, pues nunca los trató por separado. El lector observará que la creación de obras de arte elevadas fue el objetivo principal de Alekhine en el ajedrez.

El arte predilecto, el ajedrez

«Considero el ajedrez como arte y no como juego, y acepto todas las obligaciones que impone como arte a los aficionados», dice Alekhine.

En el transcurso de su interesante vida ajedrecista propagó siempre y en todas partes este criterio: «El ajedrez tiene por objeto lograr científica y artísticamente aquello que lo sitúa entre las otras ramas del arte».

Siendo así, es lógico que se rebelase contra los criterios que rebajan el ajedrez y lo reducen a la categoría de juego de mesa. Criticó severamente a aquellos grandes maestros que consideran la victoria como el único objetivo del juego, y les advirtió que tal parecer conducía a la decadencia y degeneración del ajedrez.

Asimismo criticó severamente a ciertos maestros que habían tratado de modificar y complicar el juego. Como se sabe, lo propusieron Lasker y Capablanca después de perder el título mundial.

También les impugnó decididamente sus conjeturas de que «las tablas serían la muerte del ajedrez». Acerca de ello dice: «Los reformistas afirman que el proceso de la teoría anestesiará inevitablemente el juego de ajedrez y proponen modificar sus reglas para avivarlo. ¿Qué significa tal afirmación? En primer término, una postura despreciativo ante la intuición y la fantasía, ante todos los elementos que elevan este juego al nivel de arte. Esto produciría inevitablemente el desmenuzamiento del arte ajedrecista».

La naturaleza adornó magnánimamente a Alekhine con las cualidades de la personalidad artística antedichas, con la capacidad para concebir lo individual por medio de la intuición y la fantasía. Entre los ajedrecistas de su época no hubo ninguno que le igualase en ese aspecto. Por ello, se quejaba de que el adversario le impedía crear la obra que él tenía ideada, pues unas veces no daba con la réplica conveniente, lo cual disminuía la belleza y el interés de la combinación, y otras echaba a perder toda la idea de la misma al abandonar la partida.

A este respecto comenta: «Sería feliz si pudiese crear completamente solo, para lograr así algo que tenga valor; pero en toda partida tiene uno que acomodar su plan al del contrincante. ¡Éste es el colaborador impuesto por las circunstancias; su concepto de la belleza no coincide nunca con el de su contrincante, y sus medios (potencia, imaginación y técnica) son a menudo insuficientes para cooperar activamente con las ideas de uno! ¡Esto causa decepción al verdadero artista que, más que la victoria, pretende crear obras valiosas! ¡Qué sufrimiento (desconocido en cualquier otra rama del arte o de la ciencia) produce ver que las propias ideas y fantasía están irremisiblemente atenazadas, en virtud de la propia naturaleza de las cosas, por las ideas y la fantasía del otro, que suelen ser distintas e inferiores a las propias!».

Alekhine conservó toda su vida este amor a la creación ajedrecista. El lector verá más adelante la afición incontenible que tuvo al ajedrez, incluso en aquella edad en que otros se aburren de él y lo abandonan. Desde los análisis realizados bajo la luz de un candil en su infancia hasta el último aliento de su vida sentado frente al tablero estuvo ilimitadamente encariñado con este arte, que fue el sentido y el contenido de toda su existencia humana.

Fisonomía deportiva del ajedrecista

Por más paradójico que parezca, el deseo de crear y fundar explica la atención que prestó Alekhine al aspecto deportivo del ajedrez, su tendencia a lograr en él la perfección o, al menos, un nivel suficientemente elevado.

El juego de un gran maestro se valora según la profundidad de sus ideas y la brillantez de sus combinaciones, lo que pueden hacer sólo los entendidos. El juego de un gran maestro se valora de acuerdo con su capacidad de rematar satisfactoriamente la idea de la victoria, lo cual pueden hacer los millones de aficionados, por cuanto conocen la suma de puntos que ha obtenido en su participación en las competiciones. ¿Cuál de estas dos ideas es más importante? Las discusiones sobre este particular han sido muy debatidas y vienen de muy lejos.

Entendió que las cualidades deportivas del ajedrecista son necesarias, pues le ayudan a crear composiciones perfectas. Cualquier combinación se desbaratará si un gran maestro descuida una pieza en el momento decisivo, influido por el ruido de la sala. Por eso, conviene templar los nervios, acostumbrarse a soportar el ruido, la tensión de la lucha y la conducta del contrincante.

Hemos hablado de la conversación sostenida entre Alekhine y Romanovski, en la cual el primero señalaba los defectos del carácter deportivo de Chigorin y prometió actuar de un modo distinto al de éste. Formuló su credo deportivo en unas cuantas frases claras y concisas; frases de que muchos ajedrecistas jóvenes pueden servirse para forjarse como luchadores tenaces e inmutables en los torneos. Veámoslas: «Un rasgo junto con otro determinan la potencia ajedrecista; esto es: una inquebrantable atención que aísle al jugador del mundo externo».

¿Aislar absolutamente al jugador del mundo externo? En efecto. ¡Que rumoree la sala, que se inquiete el contrincante, que se atormente el vecino, esto no debe preocuparse! Tú has de crear, y la creación requiere entusiasmo y renuncia. Y tú has de renunciar a todo lo que suceda fuera del tablero. Alekhine jugó así en sus mejores años.

En uno de sus artículos dice: «Durante la competición, el maestro ha de ser una mezcla de ave de rapiña y asceta». ¡Efectivamente! Ave rapaz cuando se trata de torturar al contrincante, y asceta cuando se trata de la conducta propia durante el torneo, es decir, no hacer ningún exceso que pueda menoscabar el régimen deportivo y, por consiguiente. las fuerzas necesarias para sostener una competición difícil. ¡Desgraciadamente, Alekhine no siempre fue asceta!... Otra de las cualidades deportivas importantes es saber sobrellevar los fracasos. No hay ningún ajedrecista al que no le satisfagan las victorias ni tampoco hay ninguno, aun entre los más ecuánimes ante el fracaso, al que no desanime el haber perdido una partida. Es conveniente saber dominarse ante los fracasos y presentarse pertrechado de conocimientos y de ánimo a la siguiente partida, después de haber tenido un fracaso.

Sobre este particular, Alekhine comenta: «En los torneos importantes, no hay que temer la pérdida de una partida, sino al decaimiento de ánimo que ello pueda ocasionar».

Perder una partida no le desanimaba; al contrario, jugaba con más tesón y fuerza la siguiente. Muchas partidas premiadas por su belleza, las jugó al día siguiente de haber sufrido una derrota.

El ajedrecista también ha de acostumbrarse a saber resolver los problemas puramente psicológicos. Alekhine estimó importante saber descubrir los aciertos y desaciertos en el juego propio y en el del contrincante. ¡Lo cual no suelen hacer quienes están acostumbrados a los elogios y estímulos! Con una autocrítica poco frecuente valoró sus cualidades positivas y negativas; esto le ayudó a superar los fracasos más importantes.

Arte desde el principio

A partir de sus primeras actuaciones, el estilo de su juego en la apertura se caracterizó por las siguientes particularidades:

1) «Universalidad». Es difícil citar a otro campeón del mundo que haya sido tan universal en la elección de aperturas. Jugando con blancas, el campeón ruso optaba por 1.e4, 1.d4 y, a veces, 1.Cf3. Desde luego, estaba preparado para cualquier respuesta del contrincante. Y jugando con negras, practicaba todos los sistemas de defensa más indicados para responder a 1.e4 y a 1.d4. En su repertorio se contaban la defensa siciliana, la francesa y la Alekhine; en ocasiones usó la Caro-Kan. Pero su principal respuesta a 1.e4 era la española. Naturalmente conoció a la Perfección todos los sistemas de apertura.

2) «Con las negras, el contraataque». A principios de siglo, los ajedrecistas se limitaban a igualar el juego si les tocaba jugar con negras. Pero Alekhine dio nuevo impulso al principio de Chigorin, según el cual un buen contrajuego y su acertada realización son los objetivos fundamentales de la apertura. En estos principios se asentaron precisamente el sistema defensivo de Alekhine, de Nimzowitsch y de Grünfeld y formaron invariablemente parte del arsenal de aperturas de nuestro biografiado.

3) «Solución concreta de los problemas de la apertura». Siguió siempre las leyes y reglas generales procedentes de la práctica y la experiencia de partidas anteriores, pero relacionó estrechamente cualquiera de dichas reglas con las particularidades concretas de la posición, aun cuando hacía excepciones si lo creía conveniente, guiándose de la intuición y del cálculo concreto.

Los conceptos «apertura concreto-táctica» y «ganar la iniciativa al comienzo de la partida», introducidos por él, son una evidente manifestación de sus ideas concretas acerca de la apertura.

Empezaba a tratar concretamente la posición desde los primeros movimientos y descubría posibilidades tácticas hasta en el mismo comienzo de la partida. Esto hizo que muchas de sus partidas se decidiesen en la apertura y no por la ventaja que sacara sino por el desmoronamiento de la posición del contrincante, pues tuvo habilidad para producir complicaciones agudas y tácticas, en las cuales sus adversarios no siempre supieron orientarse.

Aunque la mayor parte de sus ataques son impecables, algunos fueron años más tarde impugnados por los analistas. En mi opinión esta circunstancia no desmerece en absoluto la belleza de sus ideas, cuya utilidad práctica es indiscutible, porque sus adversarios no podían orientarse en la confusión de variantes que él promovía; esto cooperaba a que el ataque se realizase con acierto y fortuna. En la actualidad, este cuadro se ofrece en todas las partidas de Miguel Tal, para citar un ejemplo.

2. SE CUMPLEN LAS ESPERANZAS

En pos de la fama

Hacia 1921 el mundo occidental empezaba a curar las heridas que le había causado la guerra del catorce, y la vida ajedrecista se reanimó en muchas capitales europeas. Se organizaron torneos internacionales, se concertó el encuentro entre Lasker y Capablanca, para disputar el título mundial, y hubo abundancia de giras ajedrecistas y sesiones de simultáneas.

Alekhine llega a Riga, procedente de Moscú, y se entrega por entero al ajedrez. Posteriormente se trasladó a Berlín y a París. ¡Tenía que recuperar el tiempo perdido en el báratro de la guerra, del hambre y de la destrucción!, pues los grandes maestros, y particularmente Capablanca, no habían perdido el tiempo y ya participaban en algunos torneos. ¡Había que quemar muchas etapas! Y Alekhine juega, juega y juega... Al medio año de su estancia en el extranjero, toma parte en tres torneos internacionales y realiza competiciones individuales con Teichmann y Saemisch.

En esta primera etapa de su lucha por la corona ajedrecista, el campeón ruso errante se propone dos objetivos: primero, restablecer inmediatamente su autoridad en el mundo del ajedrez, un poco quebrantada por haber estado ausente durante siete años; segundo; demostrar que él, y no otro, es el futuro aspirante al trono. Un tercer objetivo era asegurarse el sustento.

Hubo de rehacer su vida sin tener morada fija; por eso, peregrina de un país a otro y de un torneo internacional a otro. Al principio, le vemos en Triberg; después, en Budapest, y, luego, en La Haya. Ha participado en tres torneos. ¡Pero el ruso errante no peregrina en vano; ha conseguido el primer premio en los tres torneos de referencia!

Ello despierta la atención del mundo ajedrecista: ¡Al campeón del mundo le ha salido un nuevo rival! Ni Lasker con el peso de sus cincuenta y tres años ni Rubinstein en la pendiente de su decadencia son un peligro para José Raúl Capablanca, y es poco probable que se puedan tomar en serio las pretensiones de los originales ajedrecistas Reti y Nimzowitsch, porque su deseo de demostrar la veracidad de sus puntos de vista acerca de la teoría del ajedrez prevalece sobre lo práctico. ¡Pero está Alekhine con su estimable arsenal teórico y su gran poder práctico!

Y se empezó a cifrar las esperanzas en que el ruso errante tomaría el vuelo. Por su parte, él tenía confianza en sus fuerzas. ¿Retas a Capablanca o no? Se hizo esta pregunta así que llegó al extranjero. Desde luego, le invitó a competir individualmente; pero no fue más que una maniobra exploratoria. ¿Respondería Capablanca? ¡En efecto, pero negativamente! Esto no le decepcionó; acaso fuese mejor. ¿Para qué apresurarse? Lo primero y principal era fortalecerse y afianzarse en el mundo del ajedrez. Por otra parte, había que esperar la celebración del torneo internacional de Londres de 1922, donde el campeón del mundo actuaría por primera vez en calidad de tal. Adelantaría a Capablanca en el torneo londinense y entonces... ¡Pero la fortuna no le sonrió!

Capablanca tuvo una actuación brillante en el citado torneo; a sus treinta y cuatro años de edad estaba en la plenitud de sus facultades. En la cumbre de la fama, el feliz y recién casado José Raúl es como un enviado del «reino de los cielos ajedrecistas»: cada jugada y cada ademán suyos denotan confianza y seguridad en la victoria; parecen ofrecérsela todos los secretos del ajedrez.

Entonces, ¿cómo atreverse a competir con el destacadísimo representante de Cuba? Gana una partida tras otra y se aleja cada vez más de los aspirantes al título. Aún quedaba mucha competición por delante, y ya estaba claro el impresionante triunfo del campeón del mundo, mientras a Alekhine no le iban las cosas como lo hubiese deseado: adelantó a los demás rivales; pero ni el nivel de su juego ni los resultados del mismo podían compararse con los de Capablanca.

Además tuvo otra sorpresa desagradable. El campeón del mundo anunció a los participantes que había impuesto nuevas condiciones para disputarle el título. Las cuales constaban de varios puntos; pero uno aterraba a los aspirantes: «El que quiera disputarme el título mundial tendrá que depositar diez mil dólares en el fondo destinado a los, premios». ¡Diez mil dólares! Además había que depositar otros cinco mil para sufragar los gastos que ocasionaría la organización del encuentro. ¡Tal cantidad de dinero era excesivamente elevada! ¿Podía un aspirante reunirla? Esto desanimó a los grandes maestros, incluso a Alekhine, quien solía estar muy seguro de sí mismo y que empezó su participación con las esperanzas puestas en el éxito y la terminó totalmente desilusionado. No pudo adelantar al gran maestro cubano, y las nuevas condiciones, impuestas por éste y conocidas por el nombre de «londinenses», eran realmente un impedimento para concertar el encuentro individual.

A todo esto se unía el desaliento causado por la imposibilidad de rehacer su vida personal. Su esposa, dedicada a la vida social, no podía atenderlo debidamente. Como quiera que fuese, se negó a acompañarlo en sus giras ajedrecistas. Por otra parte, carecía de la comodidad hogareña imprescindible para el descanso después de actuaciones agotadoras y para su futuro trabajo titánico.

Al parecer, sus relativos fracasos en los torneos de 1923 deben atribuirse al quebrantamiento moral y a la disminución pasajera de sus energías, ocasionado por las circunstancias arriba citadas. En el torneo de Viena hubo de compartir con otro los puestos cuarto y sexto, lo cual fue el mayor fracaso de su vida de gran maestro, y en el de Margate compartió los puestos segundo y cuarto. Es claro que necesitaba revisar urgentemente su situación; efectuar una comprobación sumamente autocrítica. Muchas veces dijo: «El ajedrecista ha de conocer los defectos y virtudes del arte creador del adversario; pero ante todo debe tener presente sus propias cualidades, tanto positivas como negativas».

Era hora de revisar su «mecanismo ajedrecista» y hacerle una reparación general. Y así, pone manos a la obra. ¿Cómo lo hizo? ¿Qué método siguió para este fin? Desgraciadamente, la respuesta a estas preguntas ha sido un secreto aún no desvelado. No obstante, se conoce uno de sus métodos de trabajo: el estudio profundo y el análisis minucioso de todas las partidas que había jugado hasta entonces.

En efecto, lo mejor era trabajaron la colección de sus propias partidas. En aquella época publica el interesante libro «Mis mejores partidas», donde comenta detalladamente un centenar de ellas jugadas con maestros y grandes maestros entre los años 1908 y 1923. Indudablemente, no desperdició la ocasión de ensayar las ideas que le proporcionaba su trabajo analítico; lo más probable es que tales ensayos fuesen la causa del bajo nivel de sus resultados y de la negativa a participar en los torneos celebrados en el año 1924, pues en dicho año concurrió solamente al de Nueva York. Aquí no perdió la ocasión de estudiar al detalle las encarnizadas batallas ocurridas en este célebre torneo, ni de publicar la colección de las ciento diez partidas jugadas en él. Sus comentarios fueron tan substanciales y sus análisis tan exactos y profundos que, al publicarse la colección de referencia, la prensa ajedrecista no dudó en calificarlo de «el mejor comentarista de ajedrez».

Veamos cómo valoró N. D. Grigoriev los comentarios de Alekhine : «Quizá no haya otro que iguale a Alekhine en saber transmitir con palabras sencillas la esencia de cada posición. Este brillante maestro en la combinatoria cita una infinidad de sorprendentes variantes que hasta ahora no habían sido descubiertas y valora con el trazo cincelado de los planes fundamentales, dictados por la posición de cada uno de los contendientes, aquellas fases de la partida que no permiten hacer un análisis exhaustivo.

»El mérito principal de los comentarios alekhinianos consiste en poner de relieve los cambios bruscos de la lucha, los momentos críticos en que el juego estando mejor se iguala o queda inferior para nuevamente volver a remontarse y así sucesivamente».

Su vida privada tomó paulatinamente un rumbo normal y sosegado. En París asiste a un baile y conoce a Esperanza Semienovna, nacida Fabritskaia, viuda del general Vasiliev. Esta relación hace que Alekhine se divorcie al poco tiempo y vuelva a contraer matrimonio.(1) Esperanza Semienovna le llevaba unos años, tenía un carácter tranquilo, gozaba de una sólida instrucción y podía ofrecerle cuanto necesitase para trabajar con tranquilidad y vivir con desahogo.

Durante la confección de la novela «Las blancas y las negras» sobre la desafortunada vida de nuestro biografiado, y después de haberse publicado, sostuve una prolongada correspondencia con la hija de Esperanza Semienovna, del primer matrimonio de ésta. La joven me habló de la paz reinante entre los dos cónyuges y de los cuidados que su madre prodigaba a Alekhine, ocupado constantemente en sus asuntos y en análisis de partidas.

Alekhine no dedicó por entero su tiempo al ajedrez; también se preparaba para revalidar su título de doctor en derecho. Según la legislación francesa, no se le podía reconocer la carrera de leyes que había cursado en San Petersburgo; por ello, decidió examinarse en su país de adopción. En mi archivo guardo una carta que escribió a su amigo Nicolás Dmitrievich Grigoriev; en ella le pide que haga todo lo posible para no ser invitado al torneo internacional de Moscú, de 1925, con el fin de no tener que rehusar dicha invitación, y más adelante le explica: «Hasta principios del próximo año no podré participar en ninguna competición ajedrecista; me preparo para examinarme de doctor en derecho a fines de este año. Esto requiere bastante tiempo, pues la principal dificultad estriba en adaptarse a la terminología jurídica francesa».

Después de haber abandonado Moscú y en el transcurso de siete años, no perdió el contacto con los ajedrecistas soviéticos. La revista «Schajmati»(2) publicó con regularidad sus artículos y análisis. A numerosos amigos suyos y maestros les daba por carta consejos sobre cuestiones de ajedrez. Nuestros periódicos y revistas publicaban artículos, en los cuales se insinuaba, y hasta se decía claramente: «Alekhine regresará pronto; en cuanto venza a Capablanca». Sin duda, su constante relación con el ambiente ajedrecista patrio le ayudó mucho en su propósito de conquistar la corona ajedrecista. 1924 es un verdadero año de «trabajo» fructífero porque, después de «cierta permanencia en casa», se lanza de nuevo al fragor de las batallas ajedrecistas. En los primeros meses de 1925 concurre a tres torneos: en París, en Berna y en Baden Baden. Y nuevamente se alza con el primer premio en los tres.

Logra unos resultados sorprendentes: en el de Baden Baden participan veintiún ajedrecistas y ninguno consigue que el tenaz ruso pronuncie la expresión «me rindo». Hizo ocho tablas en doce partidas y ganó otras doce; nueve seguidas. Le siguió con un punto y medio de distancia Akiba Rubinstein, que rivalizaba con él en las conversaciones sobre el encuentro individual con Capablanca; los demás siguieron con dos y aún más puntos de menos.

Si su éxito tuvo resonancia en el aspecto deportivo, resonó aún más en el artístico. Sus victorias sobre Tarrasch, Nimzowitsch y Marshall han pasado a formar parte del fondo artístico del ajedrez, y la partida que le ganó, jugando con negras, a Reti está considerada como la más bella de cuantas se han jugado.

Después del torneo de Baden Baden, Tartakower hizo el siguiente comentario: «Estamos presenciando un misterio maravilloso: las esperanzas y los preceptos de Chigorin empiezan, por fin, a realizarse. Si Morphy es poeta del ajedrez; Steinitz, luchador; Lasker, filósofo, y Capablanca, mecanismo maravilloso, Alekhine es el buscador de la verdad ajedrecista según el autorreprensor e indómito espíritu ruso.

»El mundo del ajedrez en particular y el del deporte y de la cultura en general tienen puesta la mirada en esta sorprendente ascensión a la cumbre de la fama; por ello, quisiéramos reducir a términos claros y precisos la comparación de los éxitos de Alekhine con los de ambos campeónes del mundo: Capablanca tiene el título, Lasker los resultados y Alekhine posee el estilo de un verdadero campeón del mundo».

A la sazón, nuestro biografiado cumplió treinta y tres años. Esta edad era crítica, por cuanto muchos afirman que el ajedrecista se halla en la plenitud de sus fuerzas a los treinta y cinco años. Siendo así, había que apresurarse en organizar la competición individual con Capablanca; si no, podría perderse la ocasión de ver realizadas las ilusiones de toda la vida. Pero, ¿cómo lograrlo? Intentó varias veces reunir el dinero necesario para organizar dicho encuentro; mas sus gestiones fracasaron, tanto en Europa como en Norteamérica. Los mecenas respondían a su gestión con una mueca de indiferencia: «Ese extravagante pide dinero para un asunto que tiene perdido de antemano. ¿Quién puede derrotar a Capablanca, al jugador autómata, infalible y audaz? ¡Nosotros no arriesgamos nuestro dinero en semejante empresa! ¡Que lo arriesguen otros!»

Sin embargo, no se podía renunciar al objetivo propuesto. Alekhine emplea un método, ensayado anteriormente, para conmover a los panzudos mecenas y forzarles a que suelten el dinero: hay que causarles asombro, hacer que confíen en la fuerza y capacidad del aspirante.

Y empieza a asombrar al mundo entero del ajedrez. Con el libro «Mis mejores partidas» se propuso sorprender así: ¡Contemplad mis partidas! ¡Contemplad la hondura, la brillantez y lo sorprendente de sus combinaciones, calculadas con muchos movimientos de antelación! ¡Este libro ofrece de todo: combinaciones de veinte movimientos y partidas con cinco damas, jugadas con oponentes desconocidos!

¿Quién vio a Alekhine sentado al tablero y frente a un oponente desconocido y cuándo lo vio?

Y en las revistas continúa publicando sus bellas partidas, realizadas en torneos, principalmente las pertenecientes al de Baden Baden.

La brillantez de sus partidas fue lo que abrió brecha en la inmutabilidad de los mecenas; a ello contribuyó asimismo su sorprendente habilidad en jugar partidas a ciegas en simultáneas.

Después de obtener el título de doctor en derecho y perdidas las esperanzas de reunir la cantidad antedicha, tanto en Norteamérica como en Europa, Alekhine se trasladó a Hispanoamérica, donde consigue una serie de victorias estimables ante decenas de tableros en simultáneas y en las que realiza combinaciones dignas de admiración.

A esto sigue inmediatamente esta noticia telegráfica de Buenos Aires: «El gobierno argentino aporta el dinero necesario para el encuentro entre Capablanca y Alekhine, por el título mundial. La competición se celebrará en Buenos Aires».

Esta noticia causó sorpresa en el mundo del ajedrez: ¿Por qué han desembolsado los argentinos el dinero? Algunos afirmaron que tal desembolso obedecía simplemente al deseo de mostrar un nuevo triunfo de Capablanca, representante de la raza latina. Aunque tenían un poco de razón, la verdad era que Capablanca había entusiasmado una sola vez a los admiradores de su talento desde su proclamación como rey del ajedrez: su extraordinario triunfo en el torneo de Londres, de 1922; triunfo que no volvió a repetirse en el transcurso de los dos años siguientes. En el torneo de Nueva York, de 1924, ocupó el segundo puesto detrás de Lasker, y en el de Moscú, de 1925, se situó en tercera posición.

A la vista de estos resultados, los argentinos posiblemente se preguntaron: ¿Y si diéramos a nuestro José Raúl ocasión de acabar de una vez con las pretensiones de ese ruso? ¿Dónde sino en Buenos Aires son las condiciones más favorables a Capablanca ? El apoyo que le prestará el fogoso temperamento de los bonaerenses tiene que contribuir forzosamente a su éxito. Hace falta que derrote a Alekhine. ¡Así, no volverá a atreverse con nuestro campeón!

Para Alekhine la cuestión era bien clara: ¡Ahora o nunca! Desde luego, esta ocasión no se ofrecería dos veces. Pues ¿quién volvería a desembolsar dinero para un segundo encuentro si ganaba Capablanca? Había que aprovecharla y prepararse intensamente para estar en una forma óptima.

(1) Alekhine vivió algún tiempo con la viuda del general Vasiliev, pero esta mujer pasó de ser su amante, pues nunca casó con ella. (Pablo Morán.)
(2) "El ajedrez".

¡Todo por el objetivo propuesto!

Uno se imagina el gigantesco trabajo que hizo Alekhine al prepararse para competir con el campeón del mundo; la cantidad de cuadernos que llenaría con los análisis de un ingente número de partidas. Trabajaría de acuerdo con el conocido principio de que el ajedrecista debe conocer perfectamente sus defectos; ya los «conoció tras su fracaso en el torneo de Londres, de 1922, y también en el escrupuloso análisis de sus cien mejores partidas para la publicación del libro antedicho. Ahora convenía determinar con precisión los defectos y virtudes del arte creador del adversario. Sus apuntes y deducciones no llegaron al mundo del ajedrez; si acaso sólo resumidos en el profundo y filosófico prólogo de su libro «E¡ torneo de Nueva York, de 1927».

En primer término era necesario sacar una consecuencia general, o sea valorar el juego del Capablanca de aquella época. A primera vista, Alekhine tenía motivos para desalentarse: los periódicos y revistas estaban saturados de artículos, escritos por autoridades ajedrecistas, con títulos tan resonantes como «¿Se puede vencer a Capablanca?», «¿De qué modo ganar al autómata del ajedrez?», y así por el estilo. La facilidad y belleza del juego del maestro cubano despertaban la admiración y el afecto de todos que, como es lógico, no advertían las manchas del sol que les deslumbraba.

Se necesitaba hombría, tenacidad y audacia para probar la opinión propia y combatir con ella el parecer dominante de los legisladores ajedrecistas. ¡Pues tal autómata no era infalible! Sus partidas revelan imprevisiones, errores y omisiones que no le distinguen entre los «demás mortales».

Acerca de esta deducción, Alekhine dice: «Sin embargo, debo subrayar que esa crítica sobre el casi mítico superjugador Capablanca es mera crítica, pues basta molestarse en separar esta asombrosa leyenda de su arte creador para ver que es un maestro de primera clase, y cuya potencia consiste, más que en el razonamiento crítico, en la intuición».

En este artículo, también analiza todos los aspectos de la fisonomía ajedrecista de Capablanca, y prosigue diciendo: «En el año 1925, Capablanca sufrió uno de los mayores desengaños a lo largo de toda su actividad competitiva: en el torneo moscovita ocupó el tercer puesto, con gran dificultad y trabajo, y perdió dos partidas... En la prensa especializada de aquella época hubo voces que señalaron algunos síntomas alarmantes... Sus causas habría que buscarlas en la tendencia, que el paso del tiempo fue acentuando, a las simplificaciones, a las formas de lucha puramente técnicas; formas que desterraron el "espíritu vivo", con que tanto brilló en sus partidas del torneo de San Sebastián (1911) y de San Petersburgo (1914)».

Con esta característica general del principio de debilidad de las brillantes dotes naturales de su futuro contrincante, Alekhine desvanece el mito sobre la invencibilidad e infalibilidad del mismo: «Es absurdo calificar de "máquina ajedrecista" y de "campeón de todos los tiempos" a un jugador, en cuya generalidad de partidas se descubren dos o tres descuidos, por no decir errores evidentes, que ponen en entredicho la partida o comprometen la posición si el adversario responde adecuadamente».

Por lo tanto, no existe la máquina sino el ajedrecista; el hombre bien dotado de facultades y poseedor de una intuición extraordinaria, pero hombre y no máquina. Y equivocarse es propio del hombre, y un hombre puede ganarle la partida a otro hombre, por más capacidad que tenga. Quiere esto decir que importa medir la magnitud del adversario, conocer los detalles de su juego, determinar cómo juega las diversas fases de la partida y observar lo que le resulta agradable o desagradable.

Tras un examen circunstanciado de las cualidades ajedrecistas de Capablanca, Alekhine saca las más interesantes e inesperadas consecuencias de aquel tiempo. Del limitado repertorio de aperturas del maestro cubano deduce que, en el presente encuentro, no debe emplear muchas aperturas, sino más bien pocas. ¿Por qué? Porque el maestro cubano tiene un instinto de conservación sumamente desarrollado. A este respecto comenta: «¡El instinto de conservación. por el cual sacrificó tantas ideas bellas y atractivas y debido al cual situó tantos pares de torres en las columnas abiertas, con el fin de cambiarlas! Este instinto y su fina intuición hacen que se desvanezca todo intento de sacar inesperadamente ventaja de la apertura».

Esta inigualable técnica defensiva, fundada en las simplificaciones, hizo que Alekhine optase por una táctica especial: cooperar a que el contrincante resolviese los problemas de la apertura por el procedimiento de simplificar la posición y no impedírselo, con objeto de hallar cualquier imprecisión o debilitamiento de la posición en tales simplificaciones y aprovecharlo para una ofensiva enérgica.

Más adelante, Alekhine determina dos importantes cualidades del campeón del mundo, relativas al medio juego: una rapidez extraordinaria en valorar la posición y una intuición finísima y casi infalible. Según él, estas cualidades y el haber aprendido ajedrez desde pequeño hicieron un flaco servicio a Capablanca, es decir, le indujeron a creer que el arte ajedrecista estaba llegando a su límite; estaba agotándose. Entonces, ¿para qué entregarse a un arte que perece? Esto explica también su rapidez en dar con las mejores jugadas, que resultaban ser simplemente buenas si se analizaban detenidamente.

Acerca de ello, nuestro biografiado dice: «Esta impunidad de Capablanca hizo que perdiese por un lado el hábito a concentrar' las ideas, lo cual es imprescindible para no tener descuidos elementales... Y su excesiva confianza en sí mismo se convirtió casi en egolatría ... ».

Del minucioso estudio de su futuro contrincante sacó esta valiosa consecuencia: «En el medio juego, no se debe confiar en Capablanca; es necesario profundizar en cada idea táctica suya, por cuanto cabe la posibilidad de que entrañe errores».

Aparte las particularidades del juego de Capablanca en la apertura y medio juego estudió asimismo su técnica en los finales y sacó igualmente una consecuencia inesperada: «Resulta que el "hombre~máquina" no es un maestro consumado en finales, y que otros maestros lo superan o lo superaron con creces en ciertos aspectos de la fase final: Rubinstein en los finales de torres para citar un ejemplo».

Por último, veamos la consecuencia general que saca nuestro biografiado: «En la apertura tiene Capablanca una fuerza grande, aun que defensiva; el medio juego es su fuerte y despliega en él todos sus recursos; en cuanto a los finales no es para espantar a nadie, pues raras veces sobresale de las medianías».

No ofrece duda de que muchas de estas palabras son subjetivas, escritas después del encuentro cuando las relaciones entre Capablanca y Alekhine se malograron. No obstante, puede decirse que tan minucioso y detallado análisis de los defectos y virtudes de un contrincante no se había hecho hasta entonces y posiblemente no se hizo después.

Este abnegado trabajo permitió a Alekhine descubrir los inadvertidos defectos en el juego del temible Capablanca y trazar un plan, efectivo y posiblemente único, que le llevó a la victoria.

«No sé cómo voy a ganarle seis partidas a Capablanca ni cómo va él a ganármelas», dijo Alekhine al embarcar para Buenos Aires. El encuentro se concertó así: el primero que ganara seis partidas se proclamaría campeón.

Una competición titánica

Se acercaba el otoño de 1927; ya se habían ultimado los pormenores de la competición. ¡Y por poco no se vino todo abajo! No faltaba mucho para celebrarse el encuentro cuando los admiradores de Capablanca decidieron organizar un torneo internacional en Nueva York. ¡Para evitar cualquier sorpresa, 'no invitaron a Lasker por si «hacía una de las suyas» y se adelantaba a todos los participantes! Tampoco invitaron a otros ajedrecistas peligrosos para el campeón. Pero eso no fue todo; en el último momento, los organizadores incluyeron un punto muy astuto: «El que ocupe el primer puesto o el segundo, si Capablanca se sitúa en primera posición, tendrá derecho a competir con él y disputarle el título».

Esto era otra maniobra para poner a prueba el derecho de Alekhine y desbaratar los planes sobre el encuentro. ¿Quería esto decir que uno no tendría derecho a enfrentarse con el campeón del mundo y otro carecería de medios económicos para hacerlo? Alekhine les envía una enérgica protesta y les amenaza con no participar en el citado torneo. Los organizadores del mismo se vieron obligados a retirar el sobredicho punto. Y así, él y su esposa embarcan para Buenos Aires, donde el ambiente es favorable a Capablanca. El matrimonio es bien recibido; sin embargo, en los ojos de los bonaerenses se lee: «No importa; usted perderá y se convencerá de que es inútil todo intento de destronar a nuestro José Raúl. Realice una decena de partidas y... márchese a su casa. Tras esta derrota, ninguno osará desafiar a nuestro héroe».

Esta, y no otra, fue la causa de que la victoria de Alekhine en la primera partida resonase como la explosión de una bomba. Capablanca estaba sorprendido y desazonado, lo cual se debía, más que a la pérdida de la partida, a su carácter. ¡Ese ruso había jugado con precisión y desbaratado los hábiles intentos de hacer tablas!

Tras esto, Capablanca se toma un día de descanso y se va con los amigos afuera. Hace tablas en la segunda partida y gana la tercera; él y sus seguidores respiran con alivio. A partir de ahora las cosas irían por su cauce normal, y no pasaría nada.

Ningún síntoma parece indicar lo contrario: gana la séptima partida y casi la novena. ¡Dejad que algunos atribuyan estas pérdidas de Alekhine a su odontologia (tuvieron que sacarle seis muelas), que el horizonte del maestro cubano está despejado! Y de pronto sufre dos terribles contragolpes: en la undécima partida, el magistral contraataque de Alekhine termina en mate, no obstante haber cuatro damas en el tablero, y en la duodécima sufre el rey del ajedrez otra derrota, muy sintomático: en una posición relativamente simple comete un error y ha de entregar una torre por un alfil. Recordemos que las pérdidas materiales desmoralizaron siempre a Capablanca. El trono ajedrecista se tambalea y su rey se pone nervioso.

Por eso, propuso a Alekhine suspender el encuentro y empezarlo de nuevo al año siguiente; pero éste no accedió a tal propuesta. En ese momento dificilísimo se manifiestan sus altas cualidades innatas; moviliza toda su tenacidad, y hace tablas en ocho partidas seguidas. Al término de cada una de estas partidas cortas y de escaso o nulo contenido, los espectadores abandonan con aburrimiento y descontento la sala. Pero todos comprenden que Capablanca quiere ganar tiempo para recobrarse. ¡Pero no lo consigue! Alekhine realiza magistralmente la vigésimo primera partida del encuentro, y se llega al resultado de 4 :2 a su favor. ¡Dos victorias lo separan del objetivo propuesto!

Mientras tanto el mundo se impacienta y espera con ansia cualquier noticia de Buenos Aires. Los resultados del encuentro se publican en París, Londres, Berlín y Moscú, de donde Alekhine recibe muchas cartas alentadoras, y a donde Capablanca envía informes y partidas comentadas, pues se había puesto de acuerdo con el periódico «Izvestia» durante su estancia en la capital soviética en el año 1925. Las ilusiones de que un ruso ciña la corona ajedrecista están a punto de hacerse realidad. ¡Pero cuán difícil es el final de esta lucha titánica!

Parecía que el maestro cubano estaba desmoralizado y, por tanto, decidido el resultado de la contienda. ¡Pero no era así! Haciendo alarde de una fuerza de voluntad y de un instinto de conservación extraordinarios, Capablanca juega con gran tensión cada partida; la vigésimo segunda no parece ofrecerle ninguna esperanza, pero sortea hábilmente las numerosas dificultades y evita perderla. En la vigésimo séptima, las blancas cometen un grave error, que aprovecha Alekhine para dar jaque continuo y salvarse de la derrota, y en la vigésimo nona gana Capablanca. Esto hace que sus seguidores vuelvan a cobrar ánimo, pues el 4 :3 es casi la salvación o, por mejor decir, la salvación. De acuerdo con lo estipulado, el encuentro finalizaría si se llegaba a 5 :5 y Capablanca conservaría el título.

Unicamente, los buenos entendidos en ajedrez comprendieron que la resistencia de Capablanca era comparable con los desordenados golpes de un boxeador que ha perdido la seguridad y potencia de su golpe. De un momento a otro se esperaba la derrota del campeón del mundo: Alekhine presiona en la trigésimo segunda partida y juega extraordinariamente todas las fases de la trigésimo cuarta. Hay un segundo aplazamiento, y el telégrafo transmite el siguiente despacho: «Alekhine está en vísperas de proclamarse campeón del mundo».

¡Una noche de espera! Al día siguiente, ¡fausto y maravilloso día!, Alekhine y su esposa se presentan en la sala. Los jueces ponen en marcha el reloj. Capablanca no se presenta. Los organizadores se inquietan y dirigen la mirada a la puerta. Pero Capablanca no tiene prisa en dejar la corona ajedrecista. ;A quién le agrada que le antepongan la preposición «ex» a tan resonante título! A poco, se presenta un botones y entrega una nota a Alekhine: «Me rindo y le deseo mucha suerte en su nuevo puesto de campeón del mundo. Saludos de mi parte a su esposa».

No se sabe por qué la prensa norteamericana dijo posteriormente que los dos contrincantes se estrecharon la mano y se abrazaron amigablemente. A través de personas que fueron testigos de aquel acto he podido comprobar que esto no es cierto.

Tras haber leído el contenido de la nota en cuestión, los espectadores manifestaron viva alegría, y Alekhine se perdió entre una multitud de argentinos, que se habían pasado a su lado y que lo acompañaron por las calles de la capital a su hotel. Esto sucedía a quince mil kilómetros de Moscú...

De ese modo, Buenos Aires vitoreó al nuevo rey del ajedrez. Se habían realizado los sueños de los rusos partidarios de Alekhine.

3. EN LA EMBRIAGUEZ DE LA FAMA

¡Victorias, victorias!

El mundo recibió con vivo entusiasmo al nuevo rey del ajedrez. De todos los lugares, y particularmente de Rusia, llegaban a Buenos Aires cartas y telegramas de felicitación. Le escribían amigos y aficionados de Moscú, de Leningrado y de la Siberia. Con sincero entusiasmo felicitaban al ilustre vencedor del temible e invencible Capablanca. Que esta victoria impresionase a todos, a los aficionados al ajedrez y a los que no lo eran, quizá se deba a la sorpresa de haber roto todos los pronósticos acerca de aquel encuentro.

A los ajedrecistas les sorprendía la destreza de que hizo alarde en el titánico enfrentamiento que tuvo por marco la ciudad de Buenos Aires. Su maestría en todas las fases de la partida quedaba demostrada en las seis victorias excepcionales que, como obras de alto valor artístico, servirían muchos años de ejemplo en el arte del ajedrez.

Grandes elogios hicieron Lasker y Reti, quienes habían pronosticado su victoria. Y cambiaron de tono los partidarios más entusiastas de Capablanca.

El nuevo rey del ajedrez y su cónyuge salieron de Buenos Aires para Chile, donde embarcaron para Europa.

Una entusiástico multitud de aficionados les recibió en el puerto de Barcelona. Hubo discursos de bienvenida, brindis, reuniones con admiradores y visitas a monumentos y lugares de la ciudad. En una excursión a la montaña, el automóvil en que viajaba sufrió un accidente, aunque por fortuna los ocupantes salieron ilesos. A los pocos días, el matrimonio tomó el tren Barcelona-París y regresé a su hogar.

Allí tiene el primer desengaño, precursor de amarguras venideras. Pocas personas acudieron a recibirle en la estación de París: algún francés, unos amigos íntimos y periodistas. ¡Esto le hizo perder las ilusiones, después del triunfal recibimiento que le había tributado la afición barcelonesa! ¿Qué sucedía? ¿No interesaba el campeón del mundo a ningún francés? En la estación parisiense, Alekhine se hace preguntas, cuyas respuestas tardará muchos años en hallar...

Los periódicos franceses casi no lo mencionan en sus páginas. Al día siguiente, el reportero de un periódico de los emigrados rusos escribía con cierto tono irónico: «Tal recibimiento ha hecho posible que el campeón del mundo pueda descansar».

Desde luego, esta victoria emocionó a los emigrados. El novelista A. l. Kuprin publicó un interesante artículo de felicitación. También le felicitaron muchas personas ajenas a toda actividad ajedrecista. Era curioso que la victoria de Alekhine diera motivo para que los rusos, alejados de la patria y entregados a la lucha por su existencia, se enzarzasen en discusiones con los franceses: «¡Ahí está nuestro ruso! ¡Intentad hacer lo que él ha hecho!».

Abundaron las invitaciones y se dio lógicamente un copioso y espléndido banquete en honor del nuevo rey del ajedrez en el Club Ruso de París. La fiesta fue suntuosa. Cada invitado pagó veinticinco francos por la cena y diez por el baile. Alekhine recibió un regalo sencillo, pero valioso: un tomo de la primera edición del manual, que publicara Philidor. Tras lo cual pronunció unas palabras de agradecimiento y... ¡Lo mejor hubiera sido guardar silencio aquella noche!

A la mañana siguiente, la prensa de los emigrados rusos informó del banquete en cuestión y, al parecer, destacó el deseo. de Alekhine de que «el mito de la invencibilidad de los bolcheviques se disipase del mismo modo que se había disipado el de la invencibilidad de Capablanca». ¿Pronunció Alekhine estas palabras? ¿Fue ése su verdadero sentido? Al recopilar material para mi novela «Las blancas y las negras», repasé todos los periódicos de aquellas fechas publicados por la emigración rusa; cada uno de ellos inserta a su manera el discurso de Alekhine, y en varios no se menciona lo del «mito».

Como conozco la costumbre de la facción reaccionaria de los guardias blancos, me puse en contacto con personas que conocían a fondo la vida de los rusos residentes en París, y ninguna me aseguró que hubiese pronunciado tales palabras. Uno de los principales descargos podría ser el hecho de que el campeón del mundo no manifestó posteriormente semejante idea. Las convicciones tienen su lógica: quien está aferrado a su opinión propia la manifiesta y defiende cada vez que se le ofrece ocasión para ello. Pero Alekhine no exteriorizó en el transcurso de los años siguientes las ideas que le habían atribuido; al contrario, nunca pronunció una palabra que pudiese ofender a su patria o al régimen soviético, y expresó siempre el vivo deseo de volver a su tierra natal y visitar los lugares queridos e íntimos. Pero la cosa ya no tenía remedio, y la reacción fue inmediata. La organización de ajedrez de la Unión Soviética pudo apoyarse solamente en los materiales publicados, y valoró, en consecuencia, la conducta de Alekhine. N. B. Krilenko fue el encargado de manifestar el punto de vista oficial de los ajedrecistas soviéticos: «Después del discurso que pronunció el ciudadano Alekhine en el Club Ruso, hemos decidido romper con él por considerarlo como enemigo nuestro a partir de ahora».

Y su hermano publicó la siguiente carta abierta en la prensa soviética: «Censuro toda conducta antisoviética proceda de quien proceda, tanto de mi hermano en el caso que nos ocupa, como de cualquier otra persona. Rompo para siempre con Alejandro Alekhine. Alejo Alekhine.»

Y así se corta el vínculo que le une con la patria, con aquellas personas cuya opinión y amistad tanto estimaba. También cesó toda colaboración en las revistas de ajedrez, pues Grekov le comunicó por telegrama que la revista «Schajmati» prescindía de sus servicios. Después de esto, ¿qué le quedaba? La intimidad y los cuidados de su cónyuge Esperanza, el ajedrez y la dignidad de soberano, al cual todos escuchan y obedecen.

El ajedrez será lo fundamental para Alejandro Alekhine. Verdad es que intentó ocuparse en alguna otra actividad durante los años venideros. Se afilió a la logia masónica de París, acerca de cuyos ritos interesantes me habló León Dmitrievich Liubimov, que se había afiliado con nuestro biografiado en dicha secta. Pero la abandonaron pronto.

Solamente el ajedrez

Le quedaba sólo el ajedrez, que le producía la satisfacción de vencer, de crear y de ser insuperable, pues no tenía contrincantes peligrosos. Lasker fue tal vez uno de los pocos que tuvo un reinado ajedrecista tan sosegado como el de Alekhine. El gran maestro alemán rehusó en seguida todo intento de organizar una competición individual con el nuevo campeón del mundo. Sobre este particular comenta: «Si hubiese salido vencedor Capablanca, hubiera intentado batirme con él. ¡Mas ruego que se me dispense de hacerlo con la juventud ajedrecista!». Capablanca fue acostumbrándose poco a poco a su nueva situación. Al principio, estaba desazonado; pretendía recuperar cuanto antes el título. Confiaba en poder ganar fácilmente a Alekhine en un encuentro-desquite. Esto hizo que desplegase una actividad extraordinaria, olvidando a veces que el campeón tiene la palabra y que puede exigir prórrogas e imponer condiciones, del mismo modo que él las impuso seis años antes. Debió de olvidar esta circunstancia; en caso diverso, no se explica que exigiese la modificación de las normas seguidas para luchar por el título mundial. Mas Alekhine le salió al paso: «A usted le gané seis partidas en noble competición, y sólo me consideraré inferior a aquel que me las gane en las mismas condiciones en que las gané yo».

El destronado rey empezó a propagar la idea de que las tablas serían la muerte del ajedrez, es decir, repetía lo que dijera Lasker cuando fue echado del trono, y llegó a concertar con Maroczy una competición, que jugaron en un enorme tablero de dieciséis por doce casillas de lado. Lo cual no condujo a nada práctico; en todo caso, sólo contribuyó a menoscabar su ya maltrecho popularidad. Por otra parte, esto no era lo más importante; la crisis artística de Capablanca había que atribuirla a otra circunstancia: hay que saber sobrellevar con entereza cualquier adversidad, sacar las debidas consecuencia, rehacerse de la misma y, una vez logrado, disponerse a luchar. Pero su carácter no podía soportar la espera ni la lentitud; y así, embarcó para Europa y empezó a participar en todos los torneos que se celebraban, cosa que no había hecho desde que perdiera el título. Mas no estaba en la forma de antes ni poseía aquella infalibilidad de autómata que le habían atribuido; como se sabe, el cerebro funciona bien cuando se es joven, y va perdiendo facultades para luchar, en ajedrez, a medida que se envejece. Esto aparte, sus contrincantes ya no le temían, jugaban con más soltura y le ganaban algunas partidas.

Finalizado el torneo de Bad Kissingen (1928), un entendido dijo: «A pesar de haber perdido el título, Capablanca conserva todavía la confianza en sí mismo; pero su genial intuición empieza a traicionarle». Al perder las esperanzas en sacar algo positivo de su carteo con Alekhine, comprendió que los mecenas serían aún menos magnánimos de lo que habían sido unos años antes con Alekhine. Esta circunstancia contribuyó a que participase menos en competiciones internacionales. Su país le prestó apoyo, destinándolo a la embajada de Cuba en París, donde frecuentaba el Café Régence para jugar... al «bridge».

Los demás aspirantes al título no inquietaban a Alekhine. Debido a su falta de espíritu práctico, Nimzowitsch no hubiese podido reunir nunca quince mil dólares (Alekhine había adoptado de su predecesor la «tradición» de exigir tal cantidad); quedaban sólo Bogoljubow y Euwe, los cuales tampoco eran una seria amenaza. Por tanto, podía reinar con tranquilidad y jugar... jugar. Dice: «Sólo me resta mostrar todo lo que soy capaz de hacer en el ajedrez».

«¡Nos ganará ... !»

Y Alekhine lo muestra en el transcurso de 1929 a 1932. Tras salir vencedor de su competición individual con Bogoljubow, participa en todas las competiciones y obtiene unos resultados inauditos, a pesar de enfrentarse con los mejores maestros. ¡En el citado período toma parte en diez torneos internacionales y ocupa el primer puesto en cada uno de ellos! ¡El ajedrez le da fama, el ajedrez se somete a él, el ajedrez le ofrece sus recónditos tesoros!

Son particularmente memorables el torneo de San Remo (1930) y el de Bled (1931). Al primero concurrió lo más selecto de los ajedrecistas, entre los cuales se contaban Nimzowitsch, Bogoljubow y Rubinstein, probables aspirantes al título mundial. No concurrieron Lasker ni Capablanca; continuaba la enemistad entre éste y Aleklúne, y sus relaciones eran tensas hasta el punto de no poder uno soportar la presencia del otro. Una vez, Capablanca jugaba una partida de competición y le pidió al juez árbitro que hiciese salir a la «persona ajena» del interior de la barrera que separaba los jugadores del público. Éste le respondió, extendiendo los brazos:

-¡Cómo le digo al campeón del mundo que se retire!

Los organizadores de un torneo le preguntaron a nuestro biografiado:

-¿Cuánto nos pedirá por tomar parte en este torneo? -Cinco mil.

-¿Y si participa también Capablanca? -Entonces, diez mil.

El celebrado en San Remo finalizó con uno de los mayores éxitos alcanzados por el campeón ruso. Dos participantes consiguieron hacer tablas con él; los restantes perdieron. Hasta entonces, Lasker había sido el único que tuvo un éxito igual: en el torneo de Londres (1889) adelantó a Janowsky en 4 l/2 puntos, y en el de París (1900) aventajó a Nimzowitsch en 2 puntos. Es decir, obtuvo 23 l/2 y 14 l/2 puntos de 28 y 16 partidas, respectivamente. En el torneo que nos ocupa, Nimzowitsch se situó en segundo lugar con 3 l/2 puntos menos que Alekhine, quien sorprendió, más que por sus resultados deportivos, por el estilo con que ganó las partidas y la forma de vencer a ambos contrincantes ya en la apertura.

En el torneo de Bled (1931), y al perder la partida frente a Alekhine, Nimzowitsch exclamó:

-¡Nos ganará como si jugase con inexpertos!

Este torneo constó de dos rondas, y cada participante jugó veintiséis partidas; en él participaron, además de los grandes maestros más famosos, los representantes de la juventud ajedrecista: Flor, Kashdan y Stolz. La victoria de Alekhine fue muy significativa: de 26 partidas sacó 20 l/2 puntos. Bogoljubow ocupó el segundo puesto y obtuvo 5 l/2 puntos menos que el vencedor. Tales resultados no se habían producido en ninguna competición, y las partidas volvieron a sorprender por sus ideas estratégicas, su inventiva y sus brillantes ataques.

Alekhine también se clasificó primero en el torneo de Londres (1932) y en el de Berna, celebrado aquel mismo año. En el de Zurich (1934) perdió la primera partida con Euwe, debido a un descuido táctico. ¿Y qué sucedió? ¡Nada! Con una serie de victorias fáciles terminó la competición; a saber: sacó 13 puntos de 15 partidas. Flor y Euwe le siguieron con un punto menos en la tabla de la clasificación. Su técnica y su gran fuerza convencieron al mundo del ajedrez. Los escépticos se sonrieron cuando Bogoljubow pidió dinero para organizar una segunda competición individual con Alekhine, y no se equivocaron, pues éste volvió a vencer sin ninguna dificultad al tenaz aspirante a la corona ajedrecista. Con sus altos resultados deportivos y excelentes logros artísticos, Alekhine maravilló incluso a sus colegas y competidores más afines. Hice por carta unas preguntas al maestro inglés Sir Thomas, que me respondió así: «Alekhine parecía transmitir los rasgos de su preclara personalidad a las piezas de ajedrez. Frente a él, más que frente a otros, experimentaba uno estar jugando una partida con un ser humano».

A este respecto, Flohr me contó: «Como ajedrecista, Alekhine fue un jugador universal en todas las fases de la partida. Yo diría que ha sido el más grande de todos y un caso poco frecuente en la historia del ajedrez».

Y en igual sentido me habló Max Euwe, el único que logró destronar por dos años a Alekhine: «En el encuentro de Buenos Aires, celebrado en 1927, en el torneo de San Remo, acaecido en 1930, y en otros torneos, Alekhine ofreció a la afición unas combinaciones sorprendentes, un juego impecable en todas las fases de la partida; en suma, todos los dones que la Divinidad concede a los genios».

Deseaba regresar a su país

Alekhine inicia con brillantez la cuarta década; pero entre los años 1932 y 1933 empiezan sus seguidores a encogerse de hombros cuando analizan sus partidas. ¿Qué le pasa al campeón del mundo? ¿Juega de un modo extraño? ¡Estropea sin necesidad la estructura de sus peónes, pierde tiempos, permite que el contrincante inicie un ataque incisivo ... !

Pero aquellos que le conocían adivinaban lo que le pasaba. Se hallaba en estado de decaimiento, de insuficiencia y, a veces, de desesperación.

Había logrado cuanto puede desear un gran maestro: superioridad indiscutible respecto de sus contemporáneos y estabilidad total en el trono ajedrecista. Los mecenas movían negativamente la cabeza cuando se les pedía dinero para organizar una competición individual contra él: ¡eso vale tanto como tirar el dinero! ¿Quién tiene posibilidades, aunque mínimas, de vencer a ese fenómeno? El campeón del mundo se hallaba en una situación óptima: Podía vivir despreocupadamente, gozar de su grandeza, disfrutar de la fama y de la admiración general... ¿Qué más necesita un campeón? Quizá no necesita nada más; pero el hombre sí. Y Alekhine necesitaba amigos, verdaderos apreciadores de su talento; necesitaba la patria, para que se enorgulleciese de él y le ayudase en toda situación difícil. ¿Tenía todo eso? ¿A quiénes interesaban sus logros, sus victorias y sus bellas partidas? ¿A los franceses? No son muy aficionados al ajedrez; además, era una persona extraña para ellos. ¿A los emigrados rusos residentes en Francia? ;Éstos tenían que luchar por la existencia; por eso, no les interesaban¡ el ajedrez ni el campeón del mundo!

Resulta que uno analiza de noche, trabaja, se esfuerza y crea. ¿Para quién? ¡Para nadie! Verdad es que hay un país, donde su nombre es familiar, donde él sería estimado y famoso y donde se le trataría como a una persona entrañable y querida; pero lo ha perdido, pues allí le cuentan entre los enemigos... Flohr le ha contado que aquello es un Eldorado ajedrecista. Se juega en el escenario de los teatros; se publican extensos artículos sobre ajedrez en los periódicos; se emiten programas especiales por la radio, y se transmiten inmediatamente, por teléfono o telégrafo, las novedades ajedrecistas a todos los lugares del país. En las competiciones participan miles de jugadores, amigos y admiradores suyos.

A unas preguntas que le hice por correspondencia, Salo Flohr contesta: «Alekhine me preguntó muchas veces por Moscú y Leningrado. Aunque no soy psicólogo, en su mirada adiviné que añoraba la capital soviética.

«Siempre deseé que pudiese visitar Moscú, pues imaginaba cómo le aplaudirían sus extraordinarias e insuperables combinaciones, si a mí me aplaudían cuando aislaba un peón o conservaba la pareja de alfiles. Durante los años 1933 y 1935 me convencí de que era muy popular en la URSS.

¡Pasase lo que pasase, Alekhine era Alekhine!

«Desgraciadamente, ni él, ni los ajedrecistas soviéticos ni yo pudimos ver cumplido el deseo de escuchar los calurosos aplausos tributados por el numeroso público que llenaba siempre la sala de las columnas de la Casa de los Sindicatos».

Andrés Lilienthal, amigo de Flohr, dice: «En cierta ocasión estábamos mi amigo y yo en un café; se presentó Alekhine, y trabamos conversación. Entre otras cosas nos dijo que deseaba regresar a su país, y lo repitió varias veces en el transcurso de la conversación. Este deseo le duró hasta los últimos años de su vida. ¡Lástima que no pudo verlo cumplido!».

Aquí empieza a gestionar su retorno a la patria. En 1933, Salo Flohr era campeón de Checoslovaquia y había concertado un encuentro individual con Miguel Botvinnik. Se disponía a partir para la capital soviética, con objeto de celebrar dicho encuentro, cuando Alekhine le pidió que hablase con Ilyn Genevsky, embajador de la Unión Soviética en Praga y viejo contrincante suyo en el Campeónato de Moscú (1920). Ilyn Genevsky le dijo que este asunto había que tratarlo con Moscú, donde Flor habló posteriormente con Krilenko, quien le comunicó: «Lo primero que tiene que hacer Alekhine es publicar una carta abierta en los periódicos. ¡Nos ofendió demasiado con su estúpido discurso!». De ese modo se aplazaba su regreso a la Unión Soviética...

Acerca de ello, Flohr dice: «En 1933, noté por primera vez tristeza en la mirada de Alekhine. Me acompañó al andén de la estación de Praga cuando iba a tomar el tren para Moscú, donde se celebraría la competición individual, concertada entre Botvinnik y yo. Mi juventud y poca experiencia fueron la causa de que yo no comprendiese lo trágico y triste que fue para él aquella despedida en la estación de Praga. Había venido a la capital de Checoslovaquia para dar unas simultáneas».

El bache

Aquel año tuvo un encuentro que influyó en el estado de Alekhine e hizo que cambiase mucho su vida. Durante unas simultáneas conoció a Grace Wishaar, de origen inglés y viuda de un alto comisario francés en Marruecos. Se divorció de Esperanza Semienovna y contrajo nupcias con Grace, mujer instruida y erudita que poseía algunos bienes y una casa en Dieppe (Departamento del Sena Inferior).(1) Desde que abandonara Moscú, tenía por primera vez amparo y protección en caso de enfermedad y vejez... Ella comprendía perfectamente las necesidades y los intereses de su segundo esposo.

Acerca de ella, Alekhine dijo más de una vez: «Me comprende muy bien».

En aquel entonces, Max Euwe le cita para disputar el título mundial. El gobierno holandés y los mecenas corren con los gastos que ocasione el encuentro, y Alekhine acepta la citación, a pesar de quejarse de su estado de salud. Siendo así, ¿por qué la aceptó? ¿Desestimó la valía de Euwe?

¡No!, Pues siempre le consideró como un fuerte táctico, un buen conocedor de la teoría y uno de los mejores cinco grandes maestros. Sobre todo, era fuerte en las competiciones individuales. Verdad es que Capablanca le había aventajado en dos puntos en una a diez partidas, y Alekhine le superó en un punto en la primera que jugó con él el año 1927. Tenía conciencia de que los holandeses ayudarían a su campeón, recurriendo a los mejores grandes maestros para que lo preparasen. ¡Pero esto le tenía sin cuidado!

Contestando a las preguntas que le hice sobre este particular, Flor dice: «En el encuentro de 1935, me inmiscuí en los "asuntos internos" de Alekhine.

Como ajedrecista práctico, no tenía que haberme inclinado a ninguna de las dos partes, como hice en el de 1937. Con esta declaración, no quiero decir que yo sea culpable de la derrota de Alekhine; pero mi conducta quizás influyó negativamente en su estado de ánimo. En verdad, nuestras relaciones empeoraron un poco durante la competición de 1935, mas volvieron a normalizarse al cabo de dos o tres meses».

En este lugar, Flohr habla del estado de salud de Alekhine poco antes de empezar el encuentro: «A menudo me preguntaban si Alekhine era rico. ¡No, contestaba yo, ningún ajedrecista se ha enriquecido jugando al ajedrez! Sin embargo de su ¡limitado amor a este juego, Alekhine experimentaba cierto "cansancio ajedrecista". Me dijo que estaba cansado de luchar por la existencia y que soñaba con organizar torneos, ser juez árbitro y, a ser posible, mecenas, para poder recompensar la belleza de las partidas». Alekhine empieza con su habitual brillantez el encuentro. Pierde la segunda partida; pero gana la primera, la tercera, la cuarta y la séptima, con el resultado . de 4 : 1 a su favor. Esto le asegura una «vida fácil» en el encuentro. Y los holandeses empiezan a lamentarse de haber sometido a su campeón a tan dura prueba; creen que la competición terminará de un instante para otro. Mas de pronto llegan de todas las ciudades holandesas, donde se jugaban las partidas del encuentro, noticias alarmantes: ¡Alekhine empieza a perder!

No se trataba del resultado deportivo, pues las derrotas son inevitables en un encuentro a treinta partidas, sino de la manera de perder. Ya no era el mismo que los espectadores habían visto durante las diez primeras partidas. En una enrocó cuando estaba amenazado de mate, y en otras jugó tan mal la apertura, que ya pudo abandonar a las primeras jugadas. ¿Qué ocurre?, se preguntaba la afición. ¿Cómo es posible este cambio, y a qué se debe? Después de muchas suposiciones, se dedujo la siguiente consecuencia, confirmada por las noticias de los corresponsales: Alekhine jugó estas partidas en estado de embriaguez. Se decía que, al presentarse para jugar una de ellas, apenas pudo subir al escenario, por lo que Euwe le dijo con su habitual deportividad:

-Si le parece bien, lo dejamos para otro día.

-¡De ninguna manera! -respondió Alekhine, trabándosele la lengua.

Su juego fue criticable en la primera mitad del encuentro; a la decimoquinta partida, los dos estaban igualados a puntos. El campeón corría peligro de ser destronado; pero decidió rehacerse poniendo en actividad y movimiento toda su destreza. Mas aparecieron otra serie de factores que en éste, como en cualquier otro deporte, son difíciles de definir. A Alekhine nunca le fue fácil ganar a Euwe, quien jugó con mucho entusiasmo el final de esta competición, animado por algunas de sus partidas ganadas.

Con su inobservancia del régimen deportivo y el quebrantamiento de las principales leyes de la estrategia ajedrecista parecía como si Alekhine hubiese ofendido su arte preferido y éste se vengase de tal ofensa. Como quiera que sea, cada vez que era necesario un pequeño acierto no se producía; cuando su posición era mejor y ofrecía oportunidad para anotarse un punto, su contrincante hallaba la forma de hacer unas tablas dignas de un estudio ajedrecista. El jugador práctico conoce estas rachas de buena suerte en un torneo y de mala en otros «cuando no hay forma de lograr nada positivo».

En el transcurso de la competición, Alekhine mandó el siguiente telegrama a Moscú: «Como antiguo colaborador en el ajedrez y persona que reconoce lo que ha hecho la URSS por la cultura, saludo sinceramente a los ajedrecistas de la Unión Soviética en el decimo- séptimo aniversario de la revolución de octubre. Alejandro Alekhine». Este telegrama se publicó en el periódico «Izvestia», y produjo una reacción violenta. Los emigrados que envidiaban la situación privilegiada de Alekhine publicaron una serie de artículos contra él. Uno de sus periódicos insertó una fábula, cuyos últimos renglones revelan la atmósfera que se formó en torno de él: «Lector, ten presente la moral y en ello no olvides que Alekhine, derrotado por Euwe,. se ha pasado a los soviéticos».

La parte final de este encuentro fue una verdadera tragedia para nuestro genial biografiado: tuvo que enfrentarse con la despiadada fortuna, con el mundo que le rodeaba y con el ajedrez. Euwe le aventajaba en dos puntos; luego esta ventaja se redujo a uno; pero Alekhíne no lograba igualar el resultado, lo cual le hubiese asegurado el título. En la vigésimo octava partida gana un peón, pasa al final y está a punto de alcanzar la victoria; mas el ajedrez quiere que Euwe dé con un medio defensivo y salve la situación. Faltan dos partidas para finalizar el encuentro.

En la vigésimo nona, Alekhine vuelve a tener un peón de más; la posición le promete la victoría y, por lo mismo, la salvación del título. Pero... las piezas adversarias forman de repente una estructura que no es posible quebrantar. Y vuelven a producirse las tablas.

Por fin, se llega a la trigésima y última partida. ¡Cuántas veces ejecutó Alekhine con extraordinaria fuerza la última partida, aun cuando ello exigiese una tensión indecible! Pero ahora estaba como quebrantado y, aunque en su alma alentaba la esperanza, se daba cuenta de que perdería esta partida.

Sobre ella, la esposa del maestro Kmoch, preparador de Euwe para esta competición, comenta: «Alekhine se presentó vestido de frac, corbata blanca y zapatos de charol y, al ocupar su sitio, dijo: "Me he puesto el frac en honor del doctor Euwe". Parecía querer representar un papel estudiado de antemano, si bien casi no consiguió representarlo: al poco rato, empezó a ponerse nervioso, a encender un pitillo tras otro y a consultar con el médico que lo acompañaba. Tomó varias veces un estimulante y volvió a fumar con frecuencia. En aquellos instantes, es poco probable que algún espectador creyese en la victoria de Alekhine».

En esta partida no manifestó ninguna esperanza en conseguir algo positivo; las cosas se le complicaron desde un principio. Al empezar el juego, Euwe le propuso:

-Aceptaré las tablas en cuanto usted lo desee.

Pero el campeón del mundo rehusó esta propuesta en los últimos instantes de su reinado. El aspirante jugó con envidiable precisión en el transcurso de esta partida, a pesar del lógico nerviosismo; circunstancia que no estimo necesario explicar.

Se agotó el tiempo reglamentario. En el final, Alekhine tenía dos peónes menos que su rival y, sin esperanzas de que aceptase, le propuso:

-¿Acepta las tablas?

Pero el maestro holandés las aceptó y le tendió la mano. Tras lo cual Alekhine se levantó de donde estaba sentado y exclamó:

-¡Viva el nuevo campeón del mundo! !Viva la afición ajedrecista holandesa!

La sala pareció venirse abajo cuando se anunció que la partida había finalizado en tablas. Gritando frenéticamente y corriendo unos detrás de otros, los holandeses se dirigieron a la salida y al escenario; en suma, se rompieron el orden, la ceremonia y la disciplina que habían imperado hasta aquel instante. Abrazaron y besaron al nuevo rey del ¡ajedrez, y lo llevaron a hombros hasta su casa. Desde los balcones se vitoreaba al triunfador. El júbilo se prolongó hasta altas horas de la noche.

... Y el destronado rey del ajedrez permaneció mucho rato sentado en el escenario de la sala y en medio de la soledad y el vacío; luego, se encaminó hacia el hotel, mojando sus zapatos de charol en los charcos formados por la lluvia otoñal. Ya en la habitación del citado establecimiento sacó una botella de whisky; pero no le apetecía tomar una copa.

Al poco tiempo fue invitado a participar en el tercer torneo internacional de Moscú.

Acerca de esta invitación, Flohr dice: «Alekhine dijo que difería el viaje a Moscú para otra ocasión, porque quería presentarse allí en calidad de campeón del mundo ... ».

(1) Aquí hay recuerdos equivocados, pues Alekhine jamás estuvo casado con Esperanza Semieñovna, y en cambió ya se había casado con Grace Wishaar, norteamericana de nacimiento - viuda del capitán inglés Archibald Freeman, antes de ser campeón mundial. Grace estuvo con su marido en Buenos Aires, cuando venció a Capablanca, y con él llegó a Barcelona en 1928, procedente de Chile. (Pablo Morán.)

4. DESPUÉS DEL FRACASO

En la soledad y el olvido

¡Ay del rey que pierda la corona, aunque se trate del rey del ajedrez!

La afición mudó de simpatía. Las constantes victorias hartan; esto hace que se exijan continuamente nombres nuevos, acontecimientos interesantes. Por otra parte, la tenacidad de Euwe se hizo merecedora de la admiración general.

Muy pocos permanecieron al lado del depuesto rey del ajedrez. Emmanuel Lasker no mudó de criterio sobre él y su talento que había reconocido con anterioridad. Estas palabras suyas lo atestiguan: «Creo que, tras un descanso imprescindible, puede ofrecer todavía muchas partidas interesantes a la afición».

En Moscú no se creía en la caída de Alekhine, y en Praga, Varsovia, Londres y Viena tenía muchos adictos, aunque dudaban de si su favorito lograría restablecer la salud, y particularmente librarse del mal que le había llevado al fracaso. Ahora que empiezan sus dificultades, vamos a tratar de sus cualidades humanas y de cómo se manifestaron en medio de la adversidad.

Se ha escrito mucho sobre su insociabilidad, retraimiento, aspereza y deseo de separarse del trato con los demás. En el transcurso de mi pródiga participación en los torneos he conocido muchos ajedrecistas, simples aficionados y personas que lo vieron o se trataron con él. De sus informes y datos pude reconstruir la imagen de este inolvidable gran maestro. Pero debemos atenernos, más que a las palabras, a los documentos. Capablanca lo describe así: «Alekhine es el prototipo de la raza eslava; mide más de seis pies de altura, tiene el pelo rubio y los ojos azules. Llama siempre la atención de los circunstantes cuando se presenta en las salas de competición. Habla con exactitud, corrección y claridad seis idiomas, es doctor en Derecho y su formación general supera con creces a la del hombre medio . Por lo visto, tiene una extraordinaria memoria para el ajedrez; dicen que recuerda puntualmente las partidas jugadas con maestros y ajedrecistas más importantes durante los quince o veinte años últimos». Otros ajedrecistas hablan de su envidiable entendimiento y vasta instrucción. He leído muchos artículos y libros suyos, y confieso que he envidiado siempre la precisión del lenguaje y la amplitud de los criterios.

Alekhine fue amable y servicial en el trato con sus colegas ajedrecistas, y estuvo siempre dispuesto a prestarles ayuda. Sobre este particular me habló varias veces el maestro húngaro Andrés Lilienthal, a quien Alekhine recibió cordialmente en la estación de París cuando visitó de joven y por primera vez la capital de Francia,

Escuchémosle: «En las relaciones personales, Alekhine fue muy amable y simpático; gozó del afecto de todos; estuvo siempre dispuesto a dar consejos útiles a sus camaradas, y no regateó esfuerzos en transmitirles sus conocimientos y su experiencia. Sobre él siempre se ha escrito favorablemente. Su fiel admirador (Ernesto Grünfeld) puede atestiguar que Alekhine fue una persona amable y servicial».

Sin duda, interesaba conocer la opinión de uno de los ajedrecistas que jugó con él tres competiciones individuales y lo vio y trató acaso más que otros grandes maestros. Por ello, me dirigí al doctor Euwe y le pedí que expresara el concepto que tenia formado del gran maestro ruso. Respondió: «Como persona, Alekhine fue un enigma. Tenía concentrada la atención en el ajedrez y en sí propio, de tal suerte que en nuestros países le pusieron el apodo de "Allein ich".(1) Con tal disposición de ánimo no pudo tener amigos verdaderos, sino partidarios y seguidores. Le agradaba oír palabras amistosas, y particularmente cuando las cosas le iban mal, su naturaleza tenía cierto matiz infantil... Si se le considera en este aspecto. se le pueden perdonar muchas cosas: ante el tablero de ajedrez era grande; fuera del mismo se semejaba a un niño que hace travesuras ingenuas y, por ello, cree que nadie las ha advertido».

Ahí tenemos la persona tímida, corta y ensimismada que no siempre valora debidamente su comportamiento y, por lo mismo, no puede evitar la comisión de errores. Tales personas gozan poco del afecto de aquellas que les rodean. Esto es otra de las causas de que el rey depuesto se quedase solo y sin el apoyo de los amigos...

Mientras tanto el coro de los entendidos afirmaba, ya directa o indirectamente, que la época de las bellas combinaciones alekhinianas había terminado y empezaba la de la precisión matemática euweniana.

(1) 'yo solo'; en alemán en el original.

Sin esperanzas...

El ajedrecista halla consuelo únicamente en nuevas luchas competitivas. Y Alekhine participa en decenas de ellas durante los dos años que sucedieron a su fracaso, aunque fueron en general de mediana importancia, excepto algunos torneos como el de Nottingham, celebrado el año 1936. El hecho de haber ocupado el primer puesto de la clasificación en dos competiciones y de haberlo compartido con otro participante en otras dos revela la baja forma deportiva de Alekhine. Esto hacía suponer que había perdido la capacidad para ganar, teniendo en cuenta que siempre aventajó a sus más inmediatos seguidores en 3 l/2 y 5 l/2 puntos. Los descuidos, los errores y la confusión le perturbaban las ideas. ¡Y la duda, la temible duda sobre sus propias fuerzas y el acierto en los planes de juego! El lector verá luego algunas partidas pertenecientes a este período y comprenderá la siguiente confesión: «En otro tiempo hubiese pasado a un final de juego y hubiera ganado; pero en este período me fallaba la habilidad para realizar buenos finales».

Dos importantes torneos del citado período ejemplifican lo dicho: el de Nottingham (1936) y el de Kemeri (1937). En los dos participaron ajedrecistas ilustres y Alekhine no pudo hacer nada frente a ellos, pues en el primero se clasificó en sexta posición y en el segundo hubo de compartir los puestos cuarto y quinto. Había perdido facultades para enfrentarse con jugadores fuertes y medianos. Sobre todo, fue deprimente el resultado que obtuvo en Nottingham. Realizó con brillantez algunas partidas en las que derrotó a Tartakower, hizo unas interesantes tablas con Botvinnik y ganó a Euwe en un largo final de damas. ¡El rey del ajedrez pudo comprobar que Alekhine aún estaba fuerte! En cambio, perdió frente a Reshewsky y frente a Capablanca.

¡Cuánta agitación causó la partida entre los dos ex campeónes por estar enemistados uno con el otro! Alekhine sacó ventaja en la apertura y en el medio juego; pero, como le solía ocurrir en aquel entonces, hizo unos movimientos falsos y perdió la ventaja. Preocupados los jueces de la competición se preguntaban: Si no se hablan, ¿cómo ofrecerá uno al otro las tablas? Pero la cuestión se resolvió par sí misma al cometer Alekhine otros errores y empeorar así su posición cuando se llegó al descanso; además, hizo un movimiento después de que el juez árbitro diese la señal para suspender el juego; por lo cual la tensión con que se había jugado esta partida acabó en un conflicto...

En el torneo de Nottingham se destaca un nombre nuevo, el de Miguel Botvinnik. A partir de aquí empiezan las negociaciones entre él y Euwe sobre una competición por el título mundial. Para cuando éste hubiese jugado el encuentro-desquite con Alekhine y lo hubiera ganado. ¡Cómo no iba a ganarle! Bastaba observar su juego para comprender que caía aceleradamente en la nada ajedrecista...

Pero sucede lo imprevisible

Al concertar en 1935 el encuentro para el campeónato del mundo, Alekhine se reservó el derecho a una competición-desquite al cabo de dos años. Si ganaba Euwe; en efecto, se cumplió lo pactado en el plazo previsto.

Siempre me ha sorprendido la deportividad de Euwe en cuanto a cumplir sin objeciones ni demoras lo convenido. Otros en su lugar lo hubiesen demorado y puede que no lo hubieran cumplido. Pues se ha dado más de un caso en que el campeón del mundo ha alegado varias razones para eludir la puesta en juego del título. No hace mucho le dije a Max Euwe que el cumplimiento de lo concertado puso de manifiesto su espíritu deportivo y elevó su autoridad en los círculos ajedrecistas, y le pregunté por qué no había dado largas a dicho encuentro, a fin de ostentar un año más el título de campeón del mundo. Me contestó:

-No tenía objeto este retraso, y aún menos estando seguro de ganar por segunda vez. En aquel entonces bastaba observar la forma deportiva de Alekhine para convencerse de ello.

Siendo así, ¿qué sucedió? ¿Cómo pudo Alekhine presentarse con la brillante forma deportiva de sus mejores tiempos, y al cabo de dos años, en Amsterdam? A los inmutables camareros holandeses, conocedores de la costumbre del campeón ruso, les extrañaba que pidiese de bebida un vaso de leche holandesa. ¡La mejor leche del mundo! No fumaba y había recuperado unas libras de peso; en suma, su semblante denotaba tranquilidad y satisfacción.

También se había preparado de otro modo y a fondo para este encuentro. En el primero se presentó sin el debido equipaje de aperturas y sin ayudante, por lo que hubo de encargar este cometido al maestro holandés Landau. Esta vez le servía de ayudante el gran maestro Eliskases y su equipaje de análisis teóricos era considerable. ¡Si los aduaneros holandeses hubiesen sabido que las maletas del sonriente maestro contenían muchas «bombas» ajedrecistas ... !

Pero, ¿qué sucedió realmente? ¿Cómo pudo este hombre, derrotado y enfermo del corazón, vencer la dolencia que le aquejaba, recobrar la salud y hallarse en óptimas condiciones para tomar parte en una lucha tan difícil? ¿Qué le indujo a rehacerse de su decadencia artística? Poco ha que todo eran fracasos, errores y descuidos; ahora había trazado vastos planes y hecho cálculos exactos. ¿Qué fuerzas produjeron esta sorprendente transformación? La causa hay que buscarla en las particularidades de su carácter. Sobre este particular, Romanovsky comenta: «En el transcurso de once años sostuve relaciones amistosas con Alekhine y conocí muchos de sus rasgos. A mi parecer el primero y principal es la orientación hacia un objetivo determinado. Lo interesante de su memorable victoria sobre Capablanca en el año 1927 fue, aparte de la alegría de ver cumplido su deseo, la desazón que le causó. ¿Qué hacer en lo sucesivo?. A partir de este instante su vida carece de tal objetivo y, por lo mismo, empieza a envolverse en una dramática neblina.

»Comenzó a hablar de nuevas ideas y a escribir sobre ellas. En su arte se manifiestan síntomas de ensayos y nuevas concepciones ajedrecísticas que serán a la postre la causa de su derrota frente a Euwe en la competición para el campeónato del mundo por ni haberlas tratado con la debida seriedad. Pero se ha de reconocer que este gran fracaso, quizás el único en su carrera deportiva, tuvo un lado positivo, es decir, en su vida apareció un nuevo objetivo: demostrar otra vez que él era, a pesar de todo, el más fuerte». ¡Con qué claridad y precisión definen estas palabras el carácter del gran maestro ruso! Imperturbabilidad en los éxitos y movilización en los fracasos. La verdad de esta afirmación se ve reflejada en las tablas de los torneos. ¡Cuántos premios especiales de belleza obtuvo Alekhine por partidas jugadas al día siguiente de haber sufrido una derrota! La fuerza de voluntad, el saber movilizarse y el carácter firme fueron los atributos peculiares que le distinguieron en las contiendas ajedrecistas. Y ha pasado a la historia del ajedrez como uno de los pocos grandes maestros a quienes las derrotas no sólo no le desmoralizaron, sino que, al contrario, le fortalecieron aún más.

En 1937, la preparación deportiva de Euwe era idéntica a la de dos años antes. Al menos no se quejaba de su estado de salud ni se quejó posteriormente. Ocurrió que Alekhine estaba muy bien preparado, y el campeón holandés no pudo quebrantar la voluntad de su contrincante. A la sazón contaba Alekhine cuarenta y cinco años; a pesar de esto su buen aspecto, su serenidad, su apacibilidad y el estilo seguro y firme de su juego sorprendieron a todos; parecía el mismo de los torneos de San Remo y Bled. ¿Qué podía hacer Euwe u otro gran maestro de la época ante tal ajedrecista?

En la competición de 1935, la causa del fracaso de Alekhine se debió principalmente a la escasa preparación en el terreno de las aperturas; en verdad, no preparó nada nuevo ni pidió ayuda a nadie. Por el contrario, a Euwe le ayudaron Flohr, Grünfeld y Kmoch, principales teóricos de entonces. Y en la de 1937, Alekhine no se inmutó por nada ni siquiera por la presencia del gran maestro R. Fine, que vino del otro lado del océano para ayudar a Euwe.

Es particularmente bella e interesante la novedad, introducida por Alekhine en la sexta partida : en la variante de la defensa eslava, que Euwe conocía perfectamente y seguro que analizó a fondo con sus ayudantes, entrega un caballo en el sexto movimiento. Esto causó cierta perplejidad a su rival quien no supo si tomarlo o no; vio claramente que, si tomaba, las blancas tendrían oportunidad de desarrollar un ataque sumamente peligroso. ¿Podía someterse a tal ataque si su autor lo había preparado de antemano y, por tanto, conocía todas las sutilezas, variantes y maneras de llevarlo a término? Euwe no tomó encontrándose de pronto en un callejón sin salida. La novedad en cuestión fue tan compleja y con tantas variantes complicadas, que no se consiguió refutarla sino al cabo de un año de haber sido introducida.

En otras partidas muestra Alekhine no sólo una comprensión amplia de los problemas de la apertura, sino también un profundo conocimiento de la psicología. El acierto en elegir la apertura, el paso oportuno al sistema catalán y la aplicación de ciertas variantes de la defensa Nimzowitsch le permiten imponer su voluntad al adversario. La superioridad en este terreno le da confianza y le facilita lograr prontamente la victoria. En ninguna otra competición individual hubo tantas partidas cortas como en ésta, que se resolvieran en la apertura, lo cual le situó a nuestro hombre entre los más relevantes teóricos de esta primera fase de la partida.

Pero el ajedrez es caprichoso, pues el buen estado físico y la excelente preparación deportiva no siempre dan los frutos deseados. Alekhine perdió la primera partida; podría parecer que esta circunstancia bastaba para desanimarle. Mas veamos las declaraciones que hizo un corresponsal, después de su fracaso en la primera intervención: «¡Bueno, la primera partida me ha sido adversa! Tras haberla perdido, escribo seguidamente estos renglones. El resultado no es agradable, que digamos; pero tampoco me ha cogido de sorpresa, por cuanto estoy preparado para encajar algunas derrotas en esta competición, debido a unas sorpresas que el doctor Euwe me tiene preparadas en la apertura. Sin embargo, cifro mis esperanzas en los siguientes factores: en ningún caso debo subestimar el valor de mi adversario; he de cuidar mi estado moral y físico, pues faltan todavía veintinueve partidas para terminar el encuentro. Mañana será otro día».

Estas palabras trascienden confianza, tanto por su tono como por el respeto al contrincante y por la última frase, tomada de la novela «Lo que el viento se llevó», de la escritora norteamericana Margarita Mitchell.

Al día siguiente, igualó el tanteo; luego, hizo tablas en otras dos partidas, y perdió la quinta. Después, ganó tres. ¡Y cómo las ganó! Euwe se resistía tenazmente, porque, aun cuando el resultado de 6:4 le era desfavorable, tenía aún posibilidades de mantenerse en el trono. Pero no hubo forma de ganarle la delantera a Alekhine, que sacó cuatro puntos y medio de las cinco partidas siguientes y, después de la vigésimo quinta, obtuvo los 15 l/2 puntos que le aseguraban la victoria.

Atendamos a lo que Euwe dice acerca de tan sorprendente victoria: «Considerando el aspecto técnico de las partidas de este encuentro y analizando a fondo el juego de Alekhine, se verá fácilmente que jugó impecablemente todo el encuentro. Introdujo no sólo una serie de novedades en la apertura; también realizó partidas, empleando los simples procedimientos estratégicos que caracterizaron siempre su juego. La táctica perfecta y el talento combinativo son tan conocidos y propios de su estilo, que no es necesario detenerse en ellos. Su juego fue asimismo intachable en los finales. Pero lo que más me entusiasmó fue su destreza en proseguir las partidas no terminadas, que yo conocía bien por tener que analizarlas; en ellas ejecutaba a veces movimientos inesperados y nuevas ideas».

Y finalizado el encuentro, manifestó: «¡Alekhine ha restablecido su reputación de ser el mejor ajedrecista entre los vivientes y ha confirmado la creencia de que es el más grande de cuantos han sido!»,

Esta vez no hubo jolgorio en Holanda, y la Sociedad Contra el Alcoholismo le hizo un simbólico regalo consistente en una cesta con botellas de leche, nata y queso del país. Entusiasmados, los admiradores del sin par talento de Alekhine se pasaron a su campo; algunos de ellos habían estado dos años en el de Euwe. Abundaron los ditirambos; de nuevo se hablaba de la inigualable capacidad combinativa del genial ajedrecista ruso. Pero él denotaba fatiga y rondaba ya los cincuenta años ...

Dedicación entera al ajedrez

Y, sin embargo, se lanzó nuevamente a la más enardecedora de las luchas competitivas: en 1938, tomó parte en el torneo de Montevideo, de Plymouth, de Margate y de la AVRO, y conquistó muchos primeros puestos, aunque en el último de los citados hubo de compartir el cuarto y el sexto lugar con otro participante. Este torneo era solamente para gente joven. ¡Si había que trasladarse a diario de una ciudad a otra!, ¿cómo se podía jugar debidamente? Por eso, los más «viejos» ocuparon los puestos correspondientes a la segunda mitad de la tabla de la clasificación.

Y no faltan aspirantes al trono. Capablanca continúa cifrando sus esperanzas en el encuentro-desquite; se rehace en los últimos años, y ocupa los primeros puestos en torneos tan importantes como el de Moscú y el de Nottingham, celebrados en 1936; en el segundo compartió el primer premio con Botvinnik. Y Salo Flor firma un acuerdo con Alekhine, para disputar el título mundial. Acerca de ello, el ingenioso maestro checo dice con el humor que le distingue: «No tengo nada que perder; si no gano, al menos pasaré a la historia del ajedrez como uno de los contrincantes de Alekhine en la disputa por el título mundial».

El campeón soviético Miguel Botvinnik intenta seriamente concertar un encuentro con el campeón del mundo. Este aspirante es peligroso, pero deseable. En las negociaciones sobre este particular, Alekhine pone la condición de trasladarse a Moscú dos meses antes de empezar el encuentro.

A los colegas les sorprende que el paso del tiempo no ha menoscabado la claridad de las ideas alekhinianas. Sobre ello, Pablo Keres comenta: «Tuve trato con Alekhine en varias competiciones. Jugué frecuentemente con los mejores ajedrecistas de aquella época; pero hacerlo con él era siempre una experiencia singular, algo distinto de lo común. Esto obliga a preguntarse: ¿por qué? Porque se distinguía de los ajedrecistas de su generación en cuanto al punto de vista de mirar el ajedrez. Al jugar con Alekhine, uno estaba convencido de que él ponía todo su poder y todos sus conocimientos en la partida y de que, como verdadero artista, crearía una gran obra de arte. Nunca desestimó las cualidades de su contrario, nunca jugó superficialmente y, lo que es más importante, trazó siempre un plan de juego profundo e interesante por sus ideas. Tomaba la iniciativa y procuraba ganar, aun cuando su situación en el torneo no lo requiriese; en suma, ponía esmero en ejecutar la partida».

Sabelio Tartakower dice del campeón del mundo: «Debo añadir que quienes conocieron personalmente a Alekhine se sorprendían de cómo puede una persona entregarse por entero a los deleites ajedrecistas que, por lo demás, le compensaron con creces. Y si hubo alguien que no soterró su talento, sino que lo aprovechó para deleitar a los demás, fue Alekhine».

En su espíritu reinan la satisfacción y el sosiego; se halla en la cumbre de la fama, goza de las comodidades del hogar y acepta toda manifestación de afecto que se le tributa. El futuro parece presentarse despejado y prometedor. Hay muchos torneos por delante y se publica su libro sobre las partidas del torneo de Nottingham; viene a ser una «revisión» semejante a la que hizo después del torneo de Londres, celebrado en el alío 1922. Así que sufría una derrota buscaba sus causas; para esto nada mejor que analizar las partidas propias y las de los contrarios. Tiene proyectados varios libros y un manual, para que las generaciones venideras aprendan a jugar al ajedrez según su propio estilo.

Los maestros jóvenes arden en deseos de derrocar al «viejo». ¡Que lo intenten! Botvinnik es el más peligroso de todos; lo demostró en el torneo de la AVRO al aprovechar los pequeños despistes de Alekhine en la posición. Si hay que enfrentarse con él, será necesario prepararse bien respecto a las aperturas. Y si se celebrase en Moscú, la competición ofrecería oportunidad de ver nuevamente los lugares queridos... ¡Qué pasa allí con el ajedrez! Poco tiempo antes organizaron los sindicatos un torneo, en el que participaron siete mil personas. ¡Siete mil!

Por lo pronto había que ir a Buenos Aires, para tomar parte en la olimpíada de turno. Sin duda, era una satisfacción ver de nuevo la ciudad donde se proclamara campeón del mundo. Alekhine gustaba de las olimpíadas ajedrecistas, porque en ellas se encuentra uno con amigos y conocidos de todos los lugares del mundo; se conciertan nuevos torneos y competiciones individuales, y se rinde verdaderamente culto al ajedrez. Pero un hecho le puso de mal humor: Capablanca obtuvo mejores resultados que él en el primer tablero del conjunto cubano. Cierta persona donó un broche de brillantes como premio especial para el capitán del equipo que puntuase más. ¡Desde luego, lo violento no era no ganar dicha joya, sino ir a la zaga de Capablanca ... !

El pacífico curso de la contienda entre los mejores equipos del mundo fue interrumpido por la noticia de la invasión de Polonia por las tropas alemanas y del comienzo de la guerra mundial. En tales circunstancias, el ajedrez pasó a último término, y muchos participantes salieron aquel mismo día para Europa. Ante el encuentro Francia-Alemania, Alejandro Alekhine, capitán del equipo francés, comunicó a los jueces de la competición que no deseaba competir con los alemanes y retiraba su equipo. Los jueces dieron por finalizado dicho encuentro y anotaron medio punto para cada equipo en la tabla de la clasificación.

La olimpíada finalizó, y los participantes regresaron a sus países respectivos. Pero los maestros europeos esperaron. ¿Qué hacer?

Viajar en barco era peligroso, ya que la guerra se había extendido a la mar. Najdorf, Stahlberg y Eliskases se quedaron en Argentina. En cambio, Alekhine y su esposa decidieron partir para Europa.

Esta decisión fue ¡lógica. ¿Qué indujo al campeón del mundo a tomarla? ¿La tempestad de acero que azotaba el viejo continente? ¿Por qué no decidió esperar, como hicieron los maestros jóvenes? Nadie podría contestar a estas preguntas. Existe sólo el hecho de que él y su cónyuge desembarcaron el mes de enero de 1940 en Europa, exponiéndose a las contingencias de la fortuna.

5. LA GUERRA Y EL AJEDREZ

Contra viento y marea

El barco había salido de Buenos Aires, y navegaba lenta y precavidamente con dirección a Europa; en alta mar podía suceder cualquier contingencia.

Lupi, campeón portugués y testigo de los últimos días de Alekhine, dice: «El 9 de enero de 1940, se nos comunicó la llegada del campeón del mundo y su esposa a nuestro país. Era la primera vez que nos visitaba un personaje de esta categoría. Esto nos emocionó. Se les reservó las mejores habitaciones en el hotel Luxe de Estoril y se puso a su disposición un automóvil de ocho cilindros. Una nebulosa mañana del mes de febrero fuimos a esperar el barco procedente de Buenos Aires. Mientras la nave atracaba, distinguimos a cubierta un hombre, de pelo rubio y cara sonriente, que sostenía dos gatos en las manos.

»Posteriormente, lo vimos muchas veces jugando simultáneas; lucia impecablemente el ,smoking", daba cierto aire teatral a su porte y empezaba a echar carnes. La brillantez de su juego, su constante predisposición a prestar ayuda a los jugadores jóvenes y su buen corazón fueron la admiración de los aficionados portugueses».

Alekhine y su esposa estuvieron dos semanas en Portugal; luego regresaron a París. Desde allí comunicó a Lupi que se había alistado en el ejército francés con la graduación de teniente. Sirvió como intérprete en las unidades que mandaba el general De Gaulle; el conocimiento de idiomas le fue de utilidad y provecho en aquellas circunstancias. Era la segunda vez que luchaba voluntariamente contra los alemanes; este hecho desagradó a ciertos personajes influyentes del régimen hitleriano.

A pesar de ello, el teniente francés Alekhine no tuvo mayores dificultades cuando cayó prisionero. Acaso se deba a que los dirigentes del aparato propagandístico nazi estimaron conveniente aprovechar la participación del campeón del mundo en los torneos celebrados en los países de la Europa ocupada. Y no se equivocaron; pero Alekhine iba a pagar posteriormente muy caro este hecho...

A partir de 1941, y en el transcurso de dos años, interviene en todas las competiciones que se organizaron en los territorios dominados por el ejército alemán.

Ya había superado la crisis que precedió a la competición individual con Euwe y le sucedió. Participa con fortuna en torneos en los que toman parte maestros destacados. Aunque anda en los cincuenta años y lleva tres decenios y medio actuando en competiciones, su juego, sus ideas, su audacia y su energía conservan el vigor juvenil de antes. Verdad es que ha de compartir los puestos segundo y tercero en el torneo de Muních (1941); pero en los siguientes le vemos a la cabeza de la clasificación: en el de Cracovia (1941) gana seis partidas y empata cinco, y en el de Salzburgo (1942) obtiene siete victorias y sufre dos derrotas y un empate. En los de Munich y de Cracovia, celebrados en el año 1942, pierde una partida en cada uno de ellos; a pesar de esto una serie de victorias brillantes le sitúa en el primer puesto.

Y empieza el bienio 1942-1944; en las competiciones de este período no pierde una partida, a pesar de que participan los grandes maestros Keres, Bogoljubow, Saemisch y otros importantes ajedrecistas europeos. Se da la curiosa circunstancia de que Keres jugó varias partidas con él durante la segunda guerra mundial y no pudo ganarle ninguna.

Tras haber vencido en el torneo de Salzburgo (1942) y en los de Praga (1942 y 1943), el destino le tiene reservado otro infortunio: contrae la escarlatina a la edad de cincuenta y un años. Da la casualidad de que lo internan en un hospital de Praga, donde falleció catorce años antes, y de la misma enfermedad, su amigo Ricardo Reti, gran maestro y teórico de renombre. Logra superar la dolencia, pero su salud queda muy quebrantada. Esta grave enfermedad produjo un cambio brusco en la carrera ajedrecista de Alekhine: sus intervenciones en los torneos ya no llevaban la etiqueta de primera calidad como llevaran en San Remo y en Bled; si continuaba clasificándose primero, se debe a que los participantes eran jugadores de segunda y tercera categoría; por otra parte, el carácter de sus victorias era muy distinto de antes.

Hacía tiempo que tenía pensado abandonar los territorios ocupados por Alemania y, al fin, lo consiguió. El Reich empezaba a desmoronarse, y no se estaba para el ajedrez; además, las victorias de ese ruso indomable sobre los ajedrecistas alemanes y sobre decenas de oficiales del ejército en simultáneas fastidiaban a los funcionarios nacionalsocialistas.

Al punto que le dieron de alta salió de Praga para España, de donde se trasladó posteriormente a Portugal. Esta vez viajaba solo, pues Grace había decidido permanecer en París, para cuidar lo poco que les quedaba de su casa en los alrededores de Dieppe, «saqueada científicamente por los alemanes» al decir de Alekhine.

El maestro Lupi prosigue diciendo: «En 1943, salí para Gijón. En el andén de la estación me recibió un hombre alto y delgado con gestos de autómata: era Alekhíne. Al verle me estremecí. ¡Cómo había cambiado! En lugar de una persona arrogante y de buen porte, cuyos gestos parecían haber sido estudiados ante un espejo, vi un espectro, de voz temblorosa y manos débiles; manos que buscaban las mías cuando hablaba y parecían dar a entender: "¿Comprende? ¿Comprende lo que eso significa?" ¡Enfermedad, pobreza y soledad!».

Lupi continúa refiriendo los últimos días de nuestro personaje: «Recibí una carta del doctor Martínez Moreno; en ella, el conocido cardiólogo español me comunicaba que la tensión sanguínea de Alekhine medía 280, que continuaba tomando bastante simpatina y que había superado el colapso ... ».

Los ajedrecistas españoles acogieron y ayudaron al decaído campeón del mundo. A este fin, organizaron varios torneos con jugadores de categorías inferiores en los cuales recibió premios en metálico. Las simultáneas fueron menos frecuentes, por cuanto no estaba en condiciones de poder darlas. Había que salir del paso como fuese: le encomendaron que diese una serie de lecciones particulares al joven ajedrecista Arturo Pomar, que llegaría posteriormente a gran maestro internacional, y le editaron unos libros en colaboración con un ajedrecista español.

A pesar de todo, no era posible sostener más de un año a una persona que se alojaba en un hotel y gastaba las pocas pesetas que tenía en la barra del bar. Alekhine lo comprendió y pidió a sus amigos portugueses que le gestionasen la entrada en Portugal. En la capital portuguesa, se organizaron asimismo torneos con premios en metálico y simultáneas, poco populares en aquel tiempo. Pero eso sirvió de bien poco; el campeón del mundo decaía y se abandonaba moralmente.

Entonces se anunció el final de la guerra,(1) y Alekhine pensó regresar a Francia; pero no se recibía ninguna noticia de allí ni le mandaban el visado de entrada en su país de adopción. Ante tal situación, un portugués le escribió una carta a Grace; en ella le decía: «Desde que llegó aquí, su esposo se halla en una situación muy crítica; está enfermo, no tiene dinero y vive realmente de limosna en la habitación de un hotel ... ». Pasaron los días y las semanas; mas ella no respondió a dicha carta...

Enmudecida la máquina bélica, la vida ajedrecista volvió a reanimarse. Los ingleses fueron los primeros en reanudar las temporadas de competiciones internacionales. Organizaron el torneo de Londres para el mes de diciembre de 1945, y el tradicional torneo navideño de Hastings para fines de 1945 y principios de 1945. Por supuesto, no olvidaron al campeón del mundo, que recibió una invitación oficial para tomar parte en los dos torneos citados.

Las perspectivas de volver a la actividad ajedrecista le animan; él y Lupi, igualmente invitado a participar en dichos torneos, hacen las maletas para emprender viaje a Inglaterra. Todavía está débil y enfermo; pero, ¿qué importa el estado de salud cuando el futuro se presenta despejado y prometedor? Se vislumbran muchas competiciones, el pensamiento está lleno de ideas nuevas y los cuadernos contienen muchas novedades introducidas en las variantes de apertura. Piensa: «¡Las practicaré en Londres! ¡Que se den cuenta de la clase de jugador que soy todavía».

En este tiempo, Alekhine recibió una mala noticia: los ingleses, los severos, deportistas y conservadores ingleses, se retractaron de la invitación que le habían mandado; al principio, creyó que se trataba de un error. ¡No era posible tan inhumano y despiadado acto! ¿No se daban cuenta?

(1) Kotov se equivoca aquí, pues cuando se acabó la Segunda Guerra Mundial Alekhine estaba en España. (Pablo Morán.)

El juicio de los Indiferentes

En efecto, aquel acto se puede llamar juicio de los indiferentes, aun cuando hubo discursos vehementes y manifestaciones de animadversión hacia Alekhine. Fue realmente el juicio de unas personas indiferentes a la suerte del ajedrecista más genial de aquella época, el razonamiento de quienes veían con indiferencia la vida, el futuro y la participación de él en los acontecimientos ajedrecistas y de quienes, constituidos por sí en jueces falsos, sabían que la enfermedad y la pobreza le consumían lentamente; sin embargo, lo desdeñaban en vez de prestarle ayuda.

El asunto tenía exteriormente apariencia de ser justo. Poco antes de celebrarse los sobredichos torneos, la Federación Norteamericana de Ajedrez o, por mejor decir, algunos de sus miembros anormalmente activos, como Fine, Denker y otros, resolvió mandar un ultimátum a Londres en estos términos: hemos decidido no participar en estos dos torneos y romper las relaciones con ustedes si Alekhine toma parte en ellos. Ante tal disyuntiva, los acomodaticios organizadores y dirigentes del ajedrez británico prefirieron perjudicar al pobre campeón del mundo que romper las relaciones con los «omnipotentes yanquis».

Durante el torneo de Londres, se convocó inesperadamente una reunión que vino a ser un enjuiciamiento arbitrario contra Alekhine. Según Lupi, «la reunión fue turbulenta y algunos circunstantes manifestaron abiertamente sus sentimientos». Los arbitrarios y fervorosos defensores de la justicia resultaron ser más papistas que el papa y, aunque no tenían derecho a hacerlo, recomendaron a los medios ajedrecistas que se le privase del título mundial a Alekhine, ya temporal o definitivamente, según se tomase en cuenta su estado de salud. Además, exigieron que no se le permitiese participar en torneos, lo cual los ingleses cumplieron al pie de la letra, ni en conferencias ni en simultáneas. En suma, obstrucción, privación de derechos, miseria...

¿Por qué no se recurrió a la Federación Internacional de Ajedrez? ¿Qué derecho tenían los participantes en la sobredicho reunión a eludir los procedimientos oficiales en provecho de sus propios intereses? El motivo de tal hecho se conoció después de la muerte de Alekhine, después de que en la asamblea general de la FIDE se presentase la propuesta, y hasta se pusiese a votación, de organizar un encuentro entre Euwe y Reshevsky para disputar el campeónato del mundo. Si tenía el primero derecho a heredar el título por ser el único ex-campeón que estaba con vida, eran claras las pretensiones de ciertos representantes del ajedrez estadounidense.

Enfermo, desamparado y dado de lado por aquellos con los cuales recorrió un largo camino deportivo, Alekhine se consumía lentamente en una pequeña habitación del hotel Park en Estoril, paraje casi desolado en invierno, sin perspectivas ni medios económicos ni apoyo; comprendía que Lupi solo no podía hacer nada. Los días transcurrían sin traer una noticia alentadora; pasaba la mayor parte del tiempo en cama o andaba por la estancia cual un león enjaulado.

Sobre este particular, Lupi comenta: «Un día, me llamó por teléfono y me dijo con voz empañada que estaba sin dinero; que necesitaba unos escudos para comprar tabaco ... ; que la soledad le deprimía; que tenía que vivir y experimentar la vida; que había desgastado el suelo de tanto andar de un lado para otro, y que lo llevase a cualquier otro lugar ... ».

«Madre, no me hagas un sarafán (2)colorado ..

Durante el torneo en memoria de Alekhine, celebrado en 1956, me dijeron que se encontraba en Moscú el renombrado profesor de violín e instrumentista belga Numen, que había sido invitado a formar parte del tribunal examinador en el concurso internacional de violinistas Chaikovski. Hizo el viaje en avión, conversó con el pasajero que iba en el asiento contiguo y le contó que había conocido a Alejandro Alekhine en el hotel Park de Estoril el año 1946. El pasajero en cuestión era el conocido ajedrecista holandés From.

Uno de los días de descanso en el citado concurso, visité al profesor belga, quien me recibió amablemente y me contó:

-Allí daba yo lecciones de música, y me retiraba al hotel a descansar un poco en cuanto terminaba mi larga jornada de trabajo. Alekhine esperaba siempre mi regreso; no tenía con quien hablar, y la soledad le atormentaba, pues Estoril es un lugar de veraneo y está medio desolado en invierno. En aquellos días bastaba verle para darse cuenta de su profundo decaimiento. Han transcurrido veinte años y, sin embargo, me conmueve recordar su estado... A ello contribuía el haber vuelto a beber mucho.

-¿Con qué? exclamé yo-. ¡Estaba sin dinero!

-Estimado amigo, cuando uno carece de recursos y está rodeado de gente con algún dinero tiene siempre esperanzas de recibir una limosna, aunque sea cosa tan insignificante como una copa de coñac o un vaso de vino. ¡Al fin y al cabo, era el rey del ajedrez, y no necesitaba mucho para decaer...

Numen prosiguió diciendo:

-Pasaba muchos ratos en mi habitación y me pedía con frecuencia que interpretase alguna pieza. Particularmente le agradaba escuchar la antigua canción rusa «Madre, no me hagas un sarafán colorado». Estábamos solos en la penumbra de la estancia. ¡Nunca tuve tan extraordinario auditorio! Silencioso e inmóvil, entornados los ojos y húmedas las pestañas, estaba sentado y mantenía su bella cabeza inclinada sobre el pecho. Alekhine era muy sensible; tenía una ternura insólita que traslucía en sus ojos cuando escuchaba música... ¿Pensaría en su casa paterna, sus parientes, su madre?...

«Madre, no me hagas un sarafán colorado... »

(2) Del Persa 'siirapa'. Vestimenta larga, abrochada por delante, con cinturón y mangas blancas o sin ellas, que usaron las campesinas rusas. Actualmente es vestido de verano. (Pablo Morán.)

Un rayo de luz.

Aquellas felices veladas no se prolongaron mucho; es decir. duraron hasta que el señor Numen regresó a su país. Por lo general, se hallé en la soledad del hotel, casi vacío durante el invierno, entre el silbar del viento... Iba constantemente de un lado para otro de la estancia sin ninguna esperanza... Y, de pronto, un rayo de luz rasga las tinieblas. ¡Recibe una carta!

«Lamento que la guerra impidiese realizar nuestro encuentro individual, concertado para el año 1939. Nuevamente le cito para disputar el título. Si está de acuerdo, me contesta indicando el lugar y la fecha de su celebración. Miguel Botvinnik. 4 de febrero de 1946.» Con los ojos cubiertos de lágrimas leyó aquella noticia, cuyo valor equivalía a vivir... ¡Era la tabla de salvación, el retorno a la vida! Aún lo apreciaban, le consideraban todavía campeón del mundo. ¿El lugar del encuentro? ¡Moscú, según había indicado en 1939, y con la condición de presentarse allí unos meses antes del encuentro, para ver los lugares queridos, visitar Leningrado ... !La situación de los «jueces ingleses» fue sumamente violenta, por lo que respondieron al telegrama del campeón soviético con una serie de artículos duros en extremo. Veamos uno: «¡Es vergonzoso que los rusos pretendan organizar un encuentro con Alekhine! Nosotros le hemos privado del nombramiento de campeón del mundo y Botvinnik pretende colocarlo de nuevo en el trono ajedrecista».

Pero aquellos que amaban verdaderamente el ajedrez, aquellos que apreciaban la profundidad y la belleza de este sabio y antiguo juego sin los títulos ni nombramientos que suele ofrecer aplaudieron de todo corazón la noticia del encuentro entre los dos ajedrecistas más fuertes en aquella época.

A este respecto, un periódico checoslovaco comentaba: «Cual una madre solícita, Rusia extiende los brazos a su hijo pródigo en los momentos más difíciles de su vida».

Aquella noticia de la patria hizo que cambiase inmediata y totalmente: dejó de beber y se puso a repasar diligentemente las aperturas. Sobre este particular Lupi dice: «Le pregunté qué sistema de apertura usaría en el encuentro con Botvinnik. Le relucieron jovialmente los ojos, y contestó: '-Pienso prepararle una pequeña novedad. Aplicaré los sistemas abiertos, para llevarlo a la apertura española". Luego agregó: "Pero, ¿quién descubre sus armas secretas?"».

Esas horas felices embellecieron los últimos días de vida de este gran genio ruso...

El señor Numen concluyó diciendo: «Me levanté tarde y esperé que me sirviesen el desayuno en la habitación. Llamaron discretamente a la puerta, y entró el camarero, por cuyo aspecto sospeché que ocurría algo malo.

»-¿Se encuentra mal? -le pregunté.
»-No... ; estoy perfectamente -contestó con voz baja el portugués, pero tenía morados los labios y le temblaba la bandeja.
»-Entonces, ¿qué ha ocurrido?
»-Alekhine ha... muerto.
»-!Alekhine! ¿Cuándo? ¿Cómo? -exclamé, suspenso y conmovido. !
»-¡Eso es horrible, señor profesor! He ido a llevarle el desayuno y me lo he encontrado muerto y sentado a la mesa. La cena de ayer estaba intacta, pero la servilleta estaba desplegada.
»Me dirigí inmediatamente a la habitación de Alekhine. En la puerta había un policía, que me detuvo y dijó:
»-No se puede pasar. Esperamos al médico forense, para que determine las causas de esta muerte. Puede verlo desde el umbral si lo desea.
»Abrí la puerta. Las cortinas estaban desplegadas y ardía la luz, aunque era completamente de día. En la mesa había unos platos y junto a ella un tablero de ajedrez con sus piezas sobre el soporte para las maletas. Mi amigo estaba sentado en el sillón, con los brazos colgando y con su bella cabeza descansando sobre el pecho. Parecía estar escuchando atentamente las notas de mi violín
»"Madre, no me hagas un sarafán colorado"».

La biografía continúa

Alekhine falleció; pero su «biografía» continuaba. El inquieto, falible y contradictorio Alekhine planteó muchos problemas a quienes le rodearon, incluso después de su muerte.

Los ajedrecistas portugueses quisieron inhumar el genio del ajedrez con los honores correspondientes, pero se encontraron con dificultades imprevisibles.

Un asunto tan simple como dar sepultura a Alekhine suscitó vivas discusiones. Y así, los citados ajedrecistas obtuvieron permiso para inhumar al campeón del mundo a los veintitrés días de haber fallecido. En las discusiones arriba citadas intervinieron la embajada francesa en Lisboa, el Ministerio de Asuntos Exteriores portugués y las autoridades eclesiásticas del país, árbitros del alma humana. ¿A quién le importaba el campeón del mundo y el recuerdo de él? ¡A nadie! Lo que importaba era sepultarlo según las leyes...

Por fin, el 16 de abril de 1946 se decidió que los restos mortales de Alekhine fuesen enterrados en la sepultura del ajedrecista Manuel Esteva en el cementerio de San Juan, cerca de Estoril. ¿Imaginó alguna vez este ajedrecista que habría de compartir su sepultura con el genio del ajedrez?

Quedaba su herencia, y particularmente el nombramiento de campeón del mundo. «Quisiera morir sin haber sido vencido», dijo muchas veces a sus colegas. Y se cumplió este triste deseo. El asunto relativo a la herencia del título suscitó discusiones enconadas. «Max Euwe, ex campeón del mundo, es el único heredero legal del título», decían unos. «No! los grandes maestros norteamericanos también tienen derecho a heredarlo», respondieron unas voces desde el otro lado del océano, aun cuando no les asistiese la razón. Pero la mayor parte de ajedrecistas defendió objetivamente el método más justo en cuestiones deportivas: convocar a los mejores grandes maestros para disputar en buena lid el derecho al trono ajedrecista.

La asamblea de la FIDE, celebrada el año 1947, aceptó esta última proposición y designó a los cinco mejores ajedrecistas: los soviéticos Miguel Botvinnik, Pablo Keres y Basílio Smyslov. el holandés Max Euwe y el norteamericano Samuel Reshevsky.

Botvinnik fue proclamado nuevo campeón del mundo, y le siguieron Smyslov y Keres en la clasificación, con lo cual los grandes maestros de la patria de Alekhine confirmaron su aspiración a los puestos más elevados del ajedrez internacional.

En su trabajo por conocer a fondo el ajedrez, los maestros y representantes de un ingente número de aficionados han tenido siempre en cuenta los principios tácticos y estratégicos, que Alekhine formuló y veríficó en las competiciones ajedrecistas de mayor relieve. Los mejores teóricos soviéticos prosiguen estudiando y desarrollando todo lo que él aportó a la teoría del ajedrez. En la URSS se han hecho varias ediciones de sus valiosas partidas y profundos comentarios, y lo más selecto de sus artículos y libros se ha publicado en volúmenes, que sirven de manual para el adiestramiento de nuevos maestros.

Alejandro Alekhine consiguió volver a la patria después de su muerte; consiguió volver a su actividad, a sus obras profundas e interesantes, porque en ella se le comprendió y se le ensalzaron sus méritos. En el décimo aniversario de su fallecimiento se resolvió gestionar el traslado de sus restos mortales de Portugal a la patria, a Moscú; con ello se pretenda culminar la serie de actos en su honor, y cuyo programa consistió en el torneo internacional de Moscú y en torneos y conferencias sobre su vida y su arte en todas las ciudades del país.

Un delegado de los ajedrecistas de la Unión Soviética viaja a París, para gestionar el asunto y obtiene la autorización para trasladar los restos mortales del campeón del mundo a Moscú. El presidente Folke Rogard y los vicepresidentes de la Federación Internacional atienden la gestión y no se oponen a ella, siempre y cuando la Unión Soviética cargue con los gastos. Parecía que el asunto estaba solucionado: al fin, el pobre errante tendría asiento fijo en su tierra natal. Pero la mala suerte persigue a ciertas personas, incluso después de haber abandonado esta vida. En plenas gestiones se presentaron en la sala una mujer entrada en años, pero de aspecto altivo, y «monsieur» Berman, vicepresidente de la FIDE, anunció:

-Les presento a «madame» Grace Wishaar, viuda del extinto campeón del mundo.

Y ella dijo:

Quíero que mi pobre Alexis yazca junto a mi ventana, para poder yo verter mis lágrimas sobre su sepultura.

No hubo forma de que la mujer accediese a la proposición de nuestro delegado, por más que lo intentasen los dirígentes de la Federación Internacional. Le propusieron asistir a los actos conmemorativos del décimo aniversario del óbito de su esposo. Mas no se dejó convencer. No se pudo hacer nada, pues la ley protegía a la viuda. Dos meses más tarde se enterró un pequeño féretro, procedente de Portugal, en el cementerio de Montparnasse. Grace Wishaar falleció dos semanas antes de celebrarse el homenaje a su extinto esposo.

Al cabo de diez años, o sea en 1966, visité con un grupo de turistas el cementerio de Montparnasse. El guardián me indicó una modesta lápida (3) en la que se leía: «Alejandro Alekhine. 1892-1946. Genio ajedrecista de Rusia y de Francia». Y junto a ella había otra con la inscripción: «Grace Wishaar». Sobre la sepultura se veían unos ramos de flores todavía frescas. Depositamos un ramo de rosas en ella, y pregunté al guardián:

-¿Quién cuida la sepultura?
Con el tono de voz tétrico que distingue a los guardianes del camposanto, me contestó:
-Por aquí pasa mucha gente.
-¿La visitan parientes de él o de ella?
-No... Los aficionados al ajedrez de diversas nacionalidades depositan ramos de flores.

(3) Kotov tiene un raro sentido del valor, pues la 'modesta lápida' es una tumba con el busto de Alekhine tallado en mármol de Carrara, sobre un monumento de granito rojo que representa un tablero de ajedrez. (N. del E.)

EPÍLOGO

VIVIR ETERNAMENTE

El recuerdo de Alejandro Alekhine, mago del ajedrez, durará mientras exista este juego, al cual dedicó su capacidad, sus pensamientos y su vida desde la infancia hasta la muerte acaecida en un hotel portugués.

Alekhine y el ajedrez se dieron mutuamente palabra de fidelidad y no se perdonaron nunca ningún acto de traición ni falta. Fue un verdadero amor platónico de uno hacia el otro. Por eso, en 1935, con motivo del abandono de Alekhine, este antiguo y noble juego se vengó de él; pero le ofreció sus ocultos y valiosísimos tesoros en cuanto nuevamente le guardó fidelidad. Tal amor contribuyó a los resonantes e insólitos éxitos artísticos y deportivos en torneos y competiciones individuales; éxitos que no tuvo ningún otro mortal. Participó en ochenta y siete torneos y se clasificó primero sesenta y dos veces. Se han de tener en cuenta los períodos de silencio «ajedrecista» a causa de las dos grandes guerras; por otra parte, en los años 1935-1937 y 1908-1912 malogró visiblemente su puesto en el escalafón de los ajedrecistas. Si excluimos los períodos antedichos y las lagunas forzosas, veremos que la gráfica de sus éxitos se mantiene a la altura de los primeros premios.

Además de participar en torneos, jugó en veintitrés competiciones individuales; cinco de ellas fueron valederas, para el campeónato del mundo, mientras Capablanca jugó sólo en dos valederas para el título mundial. Entre torneos y competiciones individuales realizó Alekhine mil doscientas sesenta y cuatro partidas, de las cuales ganó setecientas treinta y cinco, hizo cuatrocientas dos tablas y perdió ciento veintisiete. A menudo se habla de la infalibilidad de Capablanca; la de nuestro biografiado es tan elevada como la de aquél en orden al tanto por ciento de partidas no ganadas. En el cómputo referido no están incluidas las numerosas partidas de exhibición que realizó en sus giras ajedrecistas ni en las sesiones de simultáneas con reloj. Han transcurrido muchos años y, no obstante, se descubren muchas que quedaron por publicar. Según él, durante su vida jugó cerca de tres mil con reloj.

Formado en los principios artísticos de M. Chigorin y en la escuela del ajedrez nacional, Alejandro Alekhine recorrió medio mundo propagando los conocimientos de este interesante juego de la antigüedad y la afición al mismo. Sus libros han servido y sirven de medio propagador, y particularmente los títulos «Torneo internacional de Nueva York, 1924», «Mis mejores partidas», «Torneo internacional de Nueva York, 1927», «Nottingham, 1936», «200 partidas» (1937) y otros. Los comentarios sobre las partidas de esos libros han sorprendido y sorprenden a la afición por la valoración exacta de los principios estratégicos y por su inaudita penetración combinativa.

Alejandro Alekhine ha pasado a la historia del ajedrez como un gran artista creador de lienzos ajedrecistas dignos de memoria. En el transcurso de unas cuatro décadas ofreció al mundo obras llenas de ideas audaces, de originalidad y de vasta fantasía; cualidades con que se ha distinguido siempre el pensamiento ajedrecista ruso. Su aportación a la teoría de las aperturas es incomparable; no hay ninguna en la que no introdujese una novedad, no propusiese una maniobra original o no aportase una nueva idea. Su sistema defensivo se ajusta estrictamente a las leyes de la apertura y es un arma eficaz en manos de los grandes maestros actuales. sistema defensivo se ajusta estrictamente a las leyes de la apertura española, en la defensa francesa, en el gambito de dama... además de los movimientos aislados y las audaces entregas de un peón por ganar la iniciativa que vemos casi en cada apertura!

Un ajedrecista de tanto relieve tenía forzosamente que manifestar sus ideas sobre las leyes generales del ajedrez, y explicar muchas de las que se refieren a la estrategia y a la táctica. En las partidas que hemos analizado, el lector habrá podido observar con qué originalidad interpreta los problemas del tiempo en ajedrez y resuelve los referentes al ataque en el centro y es los flancos. Particularmente conviene subrayar su teoría sobre la entrega de un peón por la iniciativa. ;Con sus inesperadas entregas de peónes sorprendió a sus contrincantes y ganó muchas partidas al comienzo de las mismas!

También fue maestro notable en cuanto a la técnica; hizo muchos descubrimientos en finales dificilísimos de resolver. Sobre todo, argumentó y amplió los procedimientos técnicos de Chigorin, donde alterna las maniobras precisas con un sinfín de «pequeñas combinaciones». Es muy valiosa su contribución a la teoría de finales de piezas mayores, finales de peónes, damas y torres; aquí se nos ofrecen decenas de ejemplos de suma precisión en el juego y de elevada inventiva para materializar ventajas aparentemente insignificantes e imperceptibles. Igualmente se le debe mucho en orden a los finales de torres, y tiene un extenso e importante artículo sobre caballo y tres peónes contra torre y dos peónes. Por último, es de señalar su estudio de los problemas de la psicología aplicada al ajedrez; estudio que interesó mucho a Emmanuel Lasker. En él enseña a considerar de un modo autocrítico, tanto los méritos y las faltas propias como las del contrincante; sobre este particular advirtió siempre que importa luchar no sólo contra las piezas y peónes del contrario, sino también contra su carácter.

El gran ajedrecista ruso Alejandro Alekhine se presenta ante el lector como un maestro polifacético, pues sus trabajos en el terreno de la teoría y de la práctica ofrecen un sinfín de consejos e indicaciones. Los ajedrecistas soviéticos han estudiado a fondo sus partidas y comentarios en su proceso de formación y adiestramiento; han estado comunicados artísticamente con él a través del tiempo. Nuestros grandes maestros han analizado y comentado profundamente la obra del gran maestro ruso, y los aficionados han leído con satisfacción los comentarios sobre la misma. Por su parte, él atendió siempre las indicaciones de sus compatriotas conocedores del ajedrez, porque comprendió perfectamente la importancia de la escuela soviética y su papel preponderante; en suma, siguió atentamente las investigaciones y descubrimientos de los teóricos soviéticos.

Valoramos altamente la importancia histórica del arte creador de Alekhine y su valiosa contribución a la teoría y práctica del ajedrez. Miguel Botvinnik, primer campeón del mundo soviético y sucesor de Alekhine, es, quizás, el que ha expresado mejor las particularidades del juego de su antecesor y el papel que representaron en el ajedrez. Acerca de ellas dice en un comentario, publicado en 1956: «La fuerza de Alekhine estribó, sin duda, en saber alternar los elementos artísticos con los prácticos; pero él es importante como artista para el mundo del ajedrez. Dominó profundamente la técnica, pues sin ella no es posible la maestría, y se distinguió por la hondura de sus planes de juego, por su dilatado cálculo y por su inagotable fantasía. Sin embargo, la visión combinatoria, en constante desarrollo, constituyó su fuerza principal: con facilidad y precisión veía las combinaciones y calculaba sus variantes forzadas y con entrega de material. Fue consciente de su poder combinativo; tanto que, a mi ver, en el último período sacrificó a veces la perfección de la partida, con objeto de crear situaciones combinatorias. Veía la posibilidad de combinar, donde otros no sospechaban que la hubiese; por ello, sus combinaciones impresionaban y eran capaces de quebrantar toda resistencia. ¡Un don verdaderamente extraordinario!

»Muchas obras ajedrecistas de Alejandro Alekhine, gran artista del ajedrez, existirán a través de los siglos; el análisis de sus partidas causará a los ajedrecistas de las generaciones venideras un verdadero placer estético, y se admirarán de la fuerza de su genio ajedrecista».

A. Kotov