Jugador
de ajedrez ruso. Gran Maestro Internacional desde 1990 y Campeón del mundo para
Llegó de improviso al Mundial FIDE de Las
Vegas de 1999 y derrotó en la final por el título a Vladímir Akopián, de Armenia.
por Andréi Paneaij,
Chesspro.ru
traducido por Manuel de los Reyes García Markina
En él siempre
hubo algo misterioso, atípico. Ignoraba casi totalmente las nociones de lo que
debe ser el modo de vida habitual de un deportista. De él corren muchas
leyendas, como frecuentemente sucede con toda persona que destaca del resto de
los mortales.
En sus años
mozos, era un joven en el que estaban depositadas grandes esperanzas. Figuraba
entre los líderes del ajedrez nacional soviético (y consecuentemente del
mundial). Era miembro de la selección nacional. Ganaba fuertes torneos. Pero
luego, de manera un tanto inesperada quedó en la sombra.
Uno está
acostumbrado a que un gran maestro de elite intente mantener lo más posible un rating alto, jugar continuamente... pero Alexander de
alguna manera perdió la motivación. En lugar de la esperada lucha por “un lugar
bajo el sol”, abrió una escuela de ajedrez en su natal San Petesburgo. Cada vez
se le veía menos en grandes torneos, y prácticamente desapareció de la
competición.
Y de pronto, inesperadamente para muchos
especialistas, ganó el campeonato mundial de Las Vegas (1999), el segundo
realizado bajo el sistema eliminatorio, organizado por K. Ilyumzhinov.
Muchos tomaron este logro de manera escéptica. Decían que no jugaron ni Kasparov, ni Anand... .Efectivamente,
éstos no jugaron. Pero sí lo hicieron todos los demás, los invitados de siempre
en los supertorneo: Adams, Gelfand,
Ivanchuk, Topalov, Leko, Kamsky, Judit Polgar y, por cierto, Kramnik,
quien apenas un año después ganaría el duelo a Kasparov.
Y además de ellos, toda la “clase media” al completo. En las dos primeras
rondas tuvo que jugar revanchas (en la segunda contra Kamsky),
y Alexander mostró su carácter, su orgullo y su enorme fuerza de juego
alzándose con el título.
Esta llamarada no
fue, sin embargo, un “segundo nacimiento”. La actividad ajedrecística de
Alexander de nuevo se redujo paulatinamente a cero.
A comienzos de
este siglo XXI, me llegó la oportunidad de verlo de cerca: en dos campeonatos
por equipos de Rusia en Dagomys. Alexander
participaba puntualmente en todas las sobremesas nocturnas en el bar del hotel
y era siempre el alma de la reunión. Contaba anécdotas de manera interesante,
sabrosa, pero jugaba sin particular interés: no se avergonzaba de hacer tablas
rápidas, aunque pudiera ganar si echaba su clase por delante.
Y me dieron ganas
de conocerlo más cercanamente. De entender qué se esconde tras su apariencia de
playboy y, en general, de qué piensa y de porqué actúa así y no de otra manera.
Andréi Paneiaj
Empecemos
por la pregunta tradicional: ¿cómo empezó tu interés por el ajedrez?
Mi padre me enseñó a jugar cuando yo tenía seis años.
Mejor dicho, yo mismo mostré interés: vi un juego de
ajedrez y pregunté ¿qué es eso, con qué se come? Por otro lado, mi tío me
regaló en mi sexto cumpleaños el librito de Averbaj y
Beilin “Viaje al reino del ajedrez”. Muchos de mi
generación crecieron con este libro.
Estudiaba yo solo
con él, y luego llegó la hora de ir al Palacio de Pioneros. Teníamos una
escuela notable, ya los nombres impresionan: mi primer maestro fue el ya
fallecido Vasily Vasilievich Vyvshev,
además recibí clases de Vladimir Grigorievich Zak, Alexander Vasilievich Cherepkov
y Sergey Vladimirovich Javski. Todos ellos fuertes
maestros y maravillosos entrenadores. ¡Nuestra generación tuvo mucha suerte! Esta
poderosa escuela me dio mucho y puede ser que todo.
Pero no olvidaba
trabajar solo, algo de lo que, por cierto, estoy muy agradecido a Vasily Mijailovich. Él aseguraba
constantemente que ¡sin trabajo propio nunca lograrás nada! Esto es algo que
muchos jóvenes no harían mal en recordar: ni el mejor de los entrenadores sirve
si uno no tiene el gusto ni el interés por el trabajo personal. Yo sí lo tuve y
eso ha sido fundamental para mí.
¿En
qué clase de familia creciste?
Mis padres son
ingenieros. "Intelliguentsia peterburguesa".
Ninguno de ellos tenía una relación especial con el ajedrez. Claro, algo se
interesaban por él: entre la intelliguentsia de
aquella época el ajedrez era algo popular.
¿Eres
hijo único?
Tengo una hermana
menor, pero nunca mostró interés alguno por el ajedrez... quisiera evitar la
crítica feminista, tengo buenas relaciones con muchas mujeres, pero después de
todo, ¡el ajedrez no es un asunto muy femenino que digamos!
¿En
qué momento tuviste la sensación de que podías jugar profesionalmente?
Es complicado decirlo... Tal vez el primer resultado
que me hizo en serio considerar la posibilidad de verme como un ajedrecista fue
mi victoria en 1982, justo antes de cumplir 16 años, en el campeonato juvenil
de
El plantel de
jugadores de aquella época era deslumbrante; somos una muy buena generación. En
nuestro campeonato jugaron Gelfand, Epishin, Ivanchuk, Dreev... al ganar semejante torneo por primera vez pensé en
el profesionalismo.
Pero, sin embargo,
mis padres pensaban de forma diferente: "pasar, pueden pasar muchas cosas,
¡pero la educación superior es indispensable!", decían. Así que al
finalizar en la escuela ingresé en la facultad de de matemáticas de
Estudié tres años
bastante bien, pero entonces me topé con el decano adjunto encargado del
seguimiento del trabajo de los estudiantes. Entonces existía semejante puesto
de connotaciones semi míticas, y es posible que siga
existiendo. Ocurrió que una vez, cuando tenía que ir a un torneo – creo que era
la semifinal del campeonato de
Y
como resultado de todo esto, ¿entonces no te titulaste?
Sinceramente, no
siento al respecto ninguna carencia. Hace poco leí con gran interés pasajes
airados del gran maestro Mijalchishin, en los que
dice: ¡miren a los jóvenes grandes maestros: ninguno tiene educación superior!
Desde mi punto de vista, la educación superior no es forzosamente muestra de
intelectualidad. Por lo menos, ahora... Por ejemplo, en mi generación, cuando
pasabas junto a un grupo de alumnos de escuelas técnicas profesionales o de estudiantes
universitarios, en efecto se notaba alguna diferencia intelectual. Por su
lenguaje, por su manera de comportarse... Ahora eso no existe. Los intereses
son los mismos, las conversaciones son las mismas, y además hay una total
ausencia de autocensura, incluso si en el grupo hay chicas.
De cualquier
manera, logré algunos éxitos en el ajedrez gracias a que no dediqué mucho
tiempo a la asimilación de los conocimientos requeridos para la obtención de la
educación superior. ¡Y no siento que haya perdido mucho! Bueno, no tengo ese
papelito, el diploma. Pero, no sufro.
¿A
qué edad alcanzaste el título de gran maestro?
Oh, entonces eso era un proceso largo. El final de mi
epopeya con la educación superior tuvo además el “efecto colateral” de que tuve
que
desperdiciar dos años el ejército.
¿O
sea que prestaste servicio militar?
¡Pues cómo no!
¿Por
lo menos en la división deportiva?
En la división
deportiva, aunque no por ello se incrementaron mis oportunidades para jugar en
torneos. Me adormecí a los 20 años, aunque creo que ya entonces jugaba con la
fuerza de un gran maestro. El servicio militar se hizo sentir después de todo:
todavía un año después apenas me recuperaba en el plano ajedrecístico. Como
consecuencia logré el título de gran maestro a una edad que ahora ya es de
cuesta abajo: a los 24 años. En aquella época empezaba a levantarse lentamente
el telón de acero y tuve la oportunidad de ir a jugar a alguna parte sin
requerir del visto bueno del partido ni del gobierno.
Me quedó en la
memoria, cómo en el campeonato de
También entablé
con Karpov (Karpov y Kasparov empataron en primer lugar en ese torneo. A. P.), y
para entonces ya había jugado en tres ligas superiores consecutivas: de la
Si
encienden estrellas, ¿será porque le es útil a alguien?
Sí, sí, sin
duda... Pero en ese entonces las palabras “gran maestro” todavía se decían con
orgullo. Incluso el título de maestro internacional tenía peso. Un detalle para
subrayar: en mayo de 1990 me dieron el título, y en la lista de rating internacional de julio ya entraba prácticamente en
los diez primeros: compartía los puestos del diez al doce con Yusupov y Dolmatov.
¿Te
“titulaste” en el extranjero?
En
Este
abierto, al parecer, ¿ya no existe?
No,
lamentablemente descansa en paz. Algunas tradiciones nacen, otras pasan. Pero
en aquel entonces era el torneo más importante en Estados Unidos. Estoy
contento de tener semejante trofeo.
¿Tenías
entonces entrenador?
En el sentido clásico de la palabra, no. Más bien
cooperación tipo "sparring". En diversos momentos trabajé con Alexei Yermolinsky, Volodia Epishin, Boris Gelfand...
Posiblemente en mi juventud me hizo falta precisamente la ayuda de algún
entrenador calificado. Por otro lado, hay ejemplos opuestos, cuando un
entrenador muy reputado “asfixia” al alumno y éste al final no muestra todo de
lo que es capaz. No nombraré apellidos. Quienes se cuecen en estos caldos ya
saben a qué me refiero.
¿Cómo se desarrolló tu carrera entre la obtención del título de gran maestro y la conquista del título de campeón mundial en 1999?
Jugaba un poco...
Gané algunos torneos internacionales. Triunfé en el campeonato de Rusia de 1996
en Elista. En el interzonal de Biel
de 1993 me clasifiqué para los enfrentamientos de candidatos.
Donde
perdiste estrepitosamente ante Valeri Salov.
Sí, Valera jugó
entonces muy bien, y yo particularmente horrible. No logré prepararme de manera
adecuada: era un periodo de ciertas dificultades privadas.
Entre otras
cosas, siempre me ha traicionado mi “enfermedad” habitual: hablar de más. Como
consecuencia, durante seis años, a partir de 1992, me vi apartado de la
selección olímpica de Rusia, aunque el tiempo mostró después que tanto por
clase como por resultados superaba incluso a algunos de los que eran incluidos
en el equipo.
¿Qué más podía decirse de la época postsoviética?
¿Tuviste conflictos con Kasparov, según escuché?
¿Pero qué
conflictos? Yo simplemente tenía mi propia opinión, lo que resulta inadmisible
desde el punto de vista del principal demócrata de todos los tiempos y
pueblos... esto, tal vez, ¿lo censurarán?
No sé..
Lo harán, lo harán.
Yo por ejemplo leo sus encendidos discursos democráticos, ¡pero si me acuerdo
perfectamente de cómo pretendió manejar el mundo ajedrecístico en su época!
(ríe sarcásticamente)
Si Putin tratara
a quienes piensan diferente más o menos como G. K. a los ajedrecistas que
pensaban diferente en su periodo de “gobierno” en el ajedrez, entonces en Rusia
habría ahora un sobrante de mano de obra gratuita.
Además, ¡yo no
tenía dónde jugar! Por eso en 1998 tomé la decisión de abandonar la práctica
activa y abrir mi escuela. No fue un antojo, no fue un capricho. Juzga tú
mismo: logro algo, fui campeón de Rusia... y no me invitan a torneos
internacionales. Y esto cuando a ajedrecistas con mi rating
o incluso menos sí los invitaban. Pero a mí no.
¿Ni a torneos ni a la selección?
Bueno, con la
selección se sobreentiende que... hace poco conté la cantidad de torneos
internacionales que durante el así llamado florecimiento (o sea, alrededor de
los 30 años) jugué y comparé el resultado con el de aquellos que jugaron ajedrecistas
más o menos de mi nivel... ¿es tal vez pura casualidad que no me invitaran?
¿Habrá sido la posición de las estrellas?
¿Puede
ser que haya sido simplemente porque tienes la fama de ser una persona que
lleva, ejem... un modo de vida bastante libre?
Bueno, ¿y qué?
¿Qué fama tiene según tú Ivan Sokolov? ¿Y la leyenda
del ajedrez holandés Jan Timman? Es posible que en
Rusia, con nuestra disciplina, me hayan visto un poco como la oveja negra, pero
en occidente hay bastantes grandes maestros que llevan un estilo de vida
bohemio incluso durante los torneos. Me niego a ver en esto la causa de la
falta de invitaciones.